—¡La paz!... ¡la paz!...
Y una carcajada estridente y brutal, semejante á la que oyó Acteón en las gradas de Afrodita cuando se embarcaban los legados romanos, resonó en el silencio del camino.
—Oye bien, Acteón —dijo el africano recobrando su gravedad—; la prueba de que aún guardo por tí mi afecto de la niñez, es la franqueza con que te abro mi pensamiento. ¡Sólo á tí, entiéndelo bien!... Si durmiendo en mi tienda supiera al despertar que se había escapado en palabras lo que pienso, daría de puñaladas al centinela que guarda mi sueño... ¡Hablas de paz!... Despierta, Acteón. Si piensas envejecer tranquilo en alguna parte, huye con esa griega que amas, lejos, muy lejos. Donde yo esté no habrá paz mientras no sea el soberano del mundo. La guerra marcha ante mis pasos; el que no se someta á mí, tiene que morir ó ser mi esclavo.
El griego comprendió la amenaza que significaban estas palabras.
—Piensa, Hanníbal, que esta ciudad es Roma. La República la tiene como aliada y la protege.
—¿Crees que temo á Roma?... Si odio á Sagunto, es porque se muestra orgullosa de su alianza y me desprecia y olvida, á pesar de que estoy cerca. Muéstrase tranquila porque la protege esa República desde muy lejos, y se ríe de mí que reino sobre toda la península hasta el Ebro y estoy acampado casi á sus puertas. Hostiliza á los turdetanos, que son mis aliados, como todas las tribus iberas; y dentro de sus muros decapita á los ciudadanos que me aman; á los que fueron amigos del gran Hamílcar... ¡Ah, ciudad ciega y orgullosa! ¡Cuán caro va á costarte vivir cerca de Hanníbal sin conocerle!...
Y volviéndose sobre la silla del caballo, miraba con ojos amenazadores la Acrópolis de Sagunto que se destacaba entre las brumas del amanecer.
—Roma caerá sobre tí apenas ataques á su aliada.
—Que venga —contestó el africano con arrogancia—. Es lo que deseo. Me pesa la paz: no puedo acostumbrarme á ver Cartago vencida mientras existen hombres como yo y mis amigos. Ó Roma, ó África. Que venga cuanto antes el último choque, el esfuerzo supremo, y sea señor del mundo el pueblo que quede en pie... Odio á los ricos de mi país, que viven felices en la vergüenza de la derrota, porque les dejan comerciar tranquilos y llenar sus cuevas de plata. Son los miserables que después de nuestras derrotas de Sicilia, soñaron con abandonar Cartago y trasladarse en masa á las islas del Mar Grande, para vivir tranquilos. Son verdaderos cartagineses; fenicios sin más gloria que el cambio, ni otra aspiración que encontrar puertos para dar salida á sus mercancías. Los Barcas somos libios; descendemos de dioses, tenemos como ellos la grandeza de pensamiento; queremos ser señores ó morir... Esos mercaderes no comprenden que no basta ser ricos; que es preciso dominar é infundir miedo, y forman en Cartago el partido de la paz que amargó la vida de mi padre con derrotas, y me deja aislado á mí, sin otros recursos que los que puedo procurarme en la península. Desconocen á los Barcas, á pesar de que trabajamos por el poderío universal de Cartago. Mi padre, al perder Sicilia, vió en el porvenir la muerte de nuestro pueblo y quiso salvarlo. Habíamos perdido una gran parte de nuestro antiguo comercio; necesitábamos un ejército para defendernos de la ambiciosa Roma, y no lo teníamos. Los ciudadanos de Cartago son buenos, cuando más, para pelear en su propio suelo. El comerciante no resiste el peso de las armas ni consiente en caminar meses y años por países hostiles. La ganancia del botín conquistado con sangre, la alcanza con más facilidad detrás de sus fardos, y como ama el dinero, no quiere pagar soldados extranjeros. Por esto Hamílcar nos trajo á la península, y aquí hemos dado á Cartago nuevos puertos y mercados, y los Barcas tienen un ejército formado por ellos mismos. Poco importa que en el Senado cartaginés los amigos de la paz se nieguen á enviarnos soldados. Las tribus ibéricas amaron á mi padre después de poner á prueba su energía, y se levantarán en armas á la voz de los Barcas contra el enemigo que les designemos.
Y Hanníbal miraba las lejanas montañas como si adivinase los innumerables pueblos bárbaros que vivían tras ellas, arañando la tierra ó apacentando rebaños.