—He oído hablar de ella: una griega famosa por su hermosura y su talento como las cortesanas de Atenas. Deseaba conocerla, y creo que la hubiera amado si la misión de los hombres fuese ir tras las mujeres... ¿Y no haces nada más?

—Soy guerrero á sueldo de la ciudad.

—¡Tú!... ¡El hijo de Lisias, que fué el capitán de confianza de Hamílcar! ¡Un hombre educado en el Pritaneo de Atenas, al servicio de una ciudad de bárbaros y comerciantes!...

Calló algunos momentos, como extrañado por la conducta del griego, y añadió con resolución:

—Monta en las ancas de mi caballo: vente conmigo. En el puerto me espera una nave cartaginesa que carga plata. Voy á Cartago-Nova á ponerme al frente de los míos. Se aproximan días de gloria, una empresa inmensa y sublime, como la de los gigantes, cuando amontonando montañas, escalaron vuestro Olimpo. Ven: tú eres el amigo de mi niñez, te conocí antes que á Hasdrúbal y Magón, los hijos de Hamílcar, que el glorioso capitán me dió por hermanos, llamándonos á los tres «mis leoncillos...» Te conozco; eres astuto y valiente como tu padre: á mi lado conquistarás riquezas. ¡Quién sabe si reinarás en algún hermoso país cuando, imitando á Alejandro, reparta yo mis conquistas entre mis capitanes!...

—No, cartaginés —dijo Acteón gravemente—. No te aborrezco, recuerdo con placer nuestros primeros años, pero nunca iré contigo. Se opone tu raza, el pasado de tu pueblo, la sombra ensangrentada de mi padre.

—La raza no es más que una ficción; el pueblo un pretexto para hacer la guerra. ¿Qué más te da servir á Cartago que á otra república, si eres griego? Si me abandonasen los míos, pelearía por cualquier país. Nosotros somos hombres de guerra, nos batimos por la gloria, el poder y las riquezas: las necesidades de nuestro pueblo, sólo sirven para justificar nuestra victoria y que despojemos al enemigo. Odio á los mercaderes de Cartago, pacíficos y pegados á sus tiendas, tanto como á los orgullosos romanos. Ven, Acteón; ya que nos hemos encontrado, sígueme: la fortuna va conmigo.

—No, Hanníbal: aquí me quedo. Viendo tus soldados africanos recordaría al populacho que crucificó á Lisias.

—Fué un crimen inevitable: una locura de aquella guerra sin entrañas á que nos impulsaron los mercenarios. Mi padre lo lamentó mil veces acordándose de su fiel Lisias. Yo repararé con mi protección aquella injusticia de Cartago.

—No te seguiré, Hanníbal. He dicho adiós á la guerra y al botín. Prefiero envejecer aquí en esta vida tranquila y dulce, al lado de mi Sónnica, amando la paz como cualquiera de los saguntinos que viven en el barrio de los comerciantes.