Eran los esclavos que, excitados por la fiesta, continuaban á cielo abierto las escenas del triclinio.

El griego sonrió, pensando que la fiesta iba á aumentar con nuevos esclavos la riqueza de la señora.

—Que gocen en paz. Sería perjudicar á Sónnica.

Y salió del jardín para no turbar la alegría del rebaño miserable que, olvidando sus penas, se buscaba y unía en la penumbra del amanecer.

Atravesó el inmenso dominio de Sónnica, los bosques de higueras, los extensos olivares, hasta que de pronto, se vió en el camino de la Sierpe. Nadie pasaba por él. Se oyó sonar á lo lejos el galope de un caballo y Acteón vió á la luz azulada del amanecer un jinete que sin duda se dirigía al puerto.

Al aproximarse lo reconoció el ateniense, á pesar de que llevaba cubierta la cabeza con la capucha de un manto de guerra. Era el pastor celtíbero. Lanzándose el griego al centro del camino, agarró el caballo por las bridas, mientras el jinete, detenido en su carrera, echaba el cuerpo atrás, tirando del cuchillo que llevaba en el cinto.

—¡Quieto! —dijo Acteón en voz baja—. Si te detengo es para decirte que te he conocido. Eres Hanníbal, el hijo del gran Hamílcar. Tu disfraz podrá servirte para los saguntinos, pero tu amigo de la niñez te reconoce.

El africano avanzó su melenuda cabeza, y sus ojos imperiosos adivinaron al griego en la penumbra.

—¿Eres tú Acteón?... Al encontrarte ayer tantas veces, comprendí que acabarías por conocerme. ¿Qué haces aquí?

—Vivo en casa de Sónnica la rica.