De repente, á una señal del viejo, se cortó la música y cesaron de bailar.
—Más... más —gritaron los convidados incorporados en sus lechos por la excitación de la danza.
Era un descanso para mudar de tono y avivar aún más el entusiasmo con la breve calma. La música adquirió un ritmo vivo y ruidoso, el viejo comenzó á golpear con su bastón el suelo, lanzó un lamento prolongado, triste, de suave dulzura, que no parecía salir de su infecta boca, y á continuación rompió á cantar con lentitud soñolienta unas estrofas de amor con palabras de doble sentido, que causaban el efecto de afrodisíacos, haciendo rugir de entusiasmo á los comensales.
Las danzarinas se lanzaron de un salto al centro del triclinio, bailando apresuradamente, como poseídas de la fiebre. Cada canción era un latigazo que excitaba sus nervios, y sus pies desnudos saltaban como pájaros de nieve sobre el mosaico ó se elevaban con gentil vuelo, levantando las nubes de gasa que dejaban al descubierto una pierna bien modelada, con adornos ruidosos que esparcían argentinos choques. Sus vientres, de suave curva, parecían adquirir vida aparte; y sobre el cuerpo inmóvil con rigidez hiératica, movíanse como animales nerviosos, contrayéndose en circulares estremecimientos, formando un remolino de voluptuosas ondulaciones, del cual era el ombligo el sonrosado centro. Acompañábanse en la danza con el incesante chasqueteo de sus dedos. Recogiéndose las gasas bajo los brazos, ajustándolas á sus caderas, movían con voluptuoso ritmo sus redondeces de ánfora, suspirando con desmayo, la cabeza inclinada, como encantadas por la contemplación de su propia belleza. De repente la música se debilitaba como si se alejase, y las danzarinas, con los pies juntos y las piernas entreabiertas, descendían y descendían en lenta espiral, en suaves ondulaciones, hasta tocar el suelo, y de pronto, así que sus bellezas calipygas rozaban el mosaico, erguíanse como una serpiente que despierta, y los crótalos y el tamboril sonaban más ruidosamente entre los aullidos de las músicas que las animaban con palabras de amor, con exclamaciones de supremo arrebato, como si estuvieran al pie de un revuelto lecho.
Los convidados, rojos de emoción, los ojos chispeantes y la boca seca, se habían lanzado al centro del triclinio, interrumpiendo la danza, mezclándose con las parejas, separándolas. Eufobias roncaba al pie de su lecho. Sónnica había desaparecido desde mucho antes, saliendo del triclinio apoyada en una esclava, sin separar su cabeza del hombro de Acteón.
Los velos de las danzarinas caían al pie de la mesa. Devoraban las confituras y las frutas, bebían en las ánforas y sumergían sus cabezas en la crátera de las ninfas para reir al verse con la cara manchada de vino. El eunuco seguía cantando y dando golpes furiosos en el suelo para marcar el ritmo á sus músicas. Era en vano; las que intentaban bailar no podían moverse entre las manos de los convidados, que á cada vuelta las golpeaban en sus redondeces, arrancándolas los velos. Los jóvenes rodaban al pie de las lámparas enloquecidos por aquellas bacantes de sabia perversión, criadas en un puerto al que llevaban los navegantes los refinamientos y corrupciones del mundo entero. El celtíbero Alorco, brutal en su entusiasmo, paseaba por el triclinio con los brazos extendidos, haciendo alarde de sus fuerzas, sosteniendo en las nervudas manos dos danzarinas que chillaban asustadas; y afuera, en la obscuridad del peristilo, notábase el remover de los esclavos y las esclavas de las cocinas que se acercaban arrastrándose para gozar de lejos el espectáculo de la bacanal.
Aún no había amanecido cuando despertó Acteón, extrañando, sin duda, el blando lecho y los perfumes del dormitorio. Sónnica estaba á su lado, y á la luz de la lámpara colocada junto á la puerta, veíase la sonrisa de felicidad que vagaba en sus labios.
De la embriaguez de la noche quedábale al ateniense el vehemente deseo de respirar aire libre. Se ahogaba en la habitación de Sónnica, hundido en el lecho que parecía arder con el fuego de los anteriores arrebatos, cerca de aquel cuerpo que luego de estremecerse sobre él con el abandono de la embriaguez y la pasión estaba inerte y sin otra vida que los suaves suspiros que hinchaban su pecho.
Quedamente y de puntillas salió el griego al peristilo. Aún lucían las lámparas en el triclinio, y un vaho insufrible de viandas, vinos y cuerpos sudorosos salía por su puerta. Vió á los convidados tendidos en el suelo entre mujeres que roncaban, mostrando al cambiar de postura sus más recónditas desnudeces. Eufobias había despertado de su borrachera, y ocupando el lugar de honor, el lecho de Sónnica, se forjaba la ilusión de ser dueño de la quinta. Arrebujado en su manto viejo hacía bailar á dos danzarinas soñolientas, contemplando con fijeza desdeñosa sus carnes desnudas como hombre que se considera por encima de los carnales deseos.
Al aparecer Acteón en el triclinio huyeron algunos esclavos, temerosos de ser castigados por su curiosidad. No queriendo ser visto por el filósofo, salió el griego de la casa buscando el fresco del jardín. En él notó la misma fuga ante sus pasos. Huían por las avenidas las enlazadas parejas; tras los macizos de follaje sonaban gritos de sorpresa al aproximarse él, y en las últimas sombras de la noche el jardín aparecía animado por una vida misteriosa, como si bajo sus bóvedas de hojarasca se buscara todo un pueblo entregándose al amor.