Sónnica parecía adormecida sobre el pecho de Acteón, embriagada por el calor del cuerpo de su amante.

—Dí que entren... que hagan lo que quieran... que nos dejen tranquilos.

Sonó en el peristilo un rumor de pasos, de risas y cuchicheos, y empujándose como un rebaño revoltoso, entraron en el triclinio las danzarinas de Gades.

Eran muchachas de pequeña estatura y miembros sueltos y ágiles: la piel de una palidez de ámbar, los ojos rasgados y luminosos, la cabellera negra y el cuerpo envuelto en flotantes velos de una transparencia difusa y engañosa, más excitante aún que la desnudez. Llevaban sobre el pecho y en piernas y brazos sartas de monedas y amuletos que chocaban con alegre tintineo á cada movimiento, y miraban á los convidados con fijeza, sin experimentar turbación alguna, como un rebaño acostumbrado á las fiestas y que marchaba de banquete en banquete, viendo sólo á los hombres en la hora de la embriaguez.

El jefe de la banda, un viejo apergaminado de insolente mirada, iba vestido como ellas, con velos femeniles, las mejillas pintadas, los ojos cercados de negro, grandes arracadas en las orejas y una sonrisa cínica en su boca de bermellón, pronta á aceptar las más infames proposiciones.

Eufobias, indiferente ante las gracias de las danzarinas, le contemplaba con admiración, obsesionado por la duda del sexo á que correspondían aquellos brazos esqueléticos pintados de blanco y recargados de joyas que asomaban por entre los velos.

—Hermano, ¿eres hombre ó mujer? —preguntó gravemente el filósofo.

—Soy el padrecito de todas estas flores —contestó el eunuco con voz aguda, mostrando al sonreir sus encías sucias y desdentadas.

Tres de las mujeres, puestas en cuclillas, comenzaban á hacer sonar los crótalos con sonoro repiqueteo, mientras otra golpeaba con la mano un tamboril de vientre cóncavo, que sostenía con el brazo izquierdo en forma de asa.

El eunuco dió un golpe en el suelo con un palo, é inmediatamente cuatro parejas de danzarinas salieron al centro del triclinio y comenzaron á bailar al son de la bárbara y ruidosa música de sus compañeras. Danzaban con solemnidad, erguidas majestuosamente, extendiendo los brazos como si nadasen en el espacio, agitando con lentos contoneos sus cuerpos morenos, que parecían flotar en el oleaje de espuma transparente que los envolvía. Poco á poco los movimientos iban acentuándose; eran gentiles desperezos que hacían subir los firmes pechos, asomando sus puntas por entre los velos; contorsiones en las que giraba el tronco sobre las caderas; un vaivén de las formas encerradas en aquella blanca y flotante envoltura que al volar en mil pliegues con aleteo voluptuoso, parecía animar las luces de las lámparas.