—No estoy ebrio —gritaba Eufobias—. Es el hambre que me persigue. Los más de los días no encuentro pan, y cuando tropiezo con una mesa como la de Sónnica, se me escapa lo que como.
—Dí mejor lo que bebes —contestó Sónnica, volviendo á reclinar su cabeza en el pecho del griego.
La funámbula había aparecido ante la mesa y saludó á su señora, llevándose las manos á la cara. Era una muchachuela de catorce años, de piel amarillenta, y sin otra vestidura que una faja roja arrollada por debajo del vientre. Sus miembros nerviosos y ágiles y el pecho enjuto, sin más que una ligerísima hinchazón en los senos, la hacía parecer un muchacho. Los convidados viejos sonreían conmovidos ante aquella frescura casi masculina.
Dió un grito, y doblándose con nerviosa elasticidad, púsose sobre las manos, y con los pies en alto y la cabeza rozando el suelo, comenzó á correr rápidamente por el triclinio. Después, con una poderosa flexión de sus brazos, saltó sobre la mesa, y sus manos trotaron por entre la confusión de platos, ánforas y copas sin derribarlos.
Los convidados aplaudieron con gritos de entusiasmo. Los dos comerciantes griegos la ofrecieron sus copas, pellizcándola las mejillas mientras bebía y bajando sus manos acariciadoras á lo largo de la espalda.
—Lacaro —dijo el filósofo á su elegante enemigo—. ¿Por qué tú y tus camaradas no habéis traído á los lindos esclavos que os sirven de apoyo en el Foro?
—Nos lo ha prohibido Sónnica —contestó el joven satisfecho de la pregunta, sin adivinar la ironía de Eufobias—. Es una mujer superior, pero de las refinadas costumbres de Atenas, esta es la única que se niega á aceptar. Sólo cree en Júpiter y Leda: el bello Ganímedes la hace escupir. Es una ateniense incompleta.
Algunos esclavos, bajo la dirección de su jefe, plantaban en el suelo filas de espadas de hoja ancha y aguda, para que la funámbula realizase la gran suerte. Las aulétridas hicieron sonar una melodía lenta y triste, y la funámbula, otra vez con la cabeza en el suelo, comenzó á marchar entre las espadas sin derribarlas ni rozar sus agudos filos. Los convidados, con la copa en la mano, la seguían ansiosamente por entre el bosque de agudos hierros que podían clavarse en su cuerpo á la más leve vacilación. Deteníase junto á una espada, levantaba una mano, y apoyándose únicamente en la otra, encogía el brazo hasta besar el suelo; después lo ponía rígido, elevándose; y en estos movimientos la cortante hoja la rozaba el vientre y el pecho sin llegar á herir la piel.
Aplaudieron de nuevo los comensales cuando la muchacha concluyó su trabajo. Los dos viejos la obligaron á tenderse entre ellos, haciéndola casi desaparecer bajo sus amplias túnicas, dejando únicamente al descubierto su maliciosa cabeza de muchacho que husmeaba las copas y las confituras.
—¡Pero Sónnica!... —protestó Lacaro—. ¿Cuándo se ha visto á la hermosa griega olvidar de tal modo á sus convidados? Ateniense que la enloqueces con tu amor; intercede por nosotros y haz que se presenten pronto las hijas de Gades.