—¡Las aulétridas! —gritaron los convidados.

Y entraron en la sala del festín cuatro esbeltas muchachas, coronadas de violetas, con un xitón abierto desde el talle á los pies, que descubría á cada paso la pierna izquierda, y en la boca la doble flauta, sobre cuyos orificios corrían sus ágiles dedos.

De pie, en el espacio que abarcaba la curva de la mesa, comenzaron á entonar una melopea dulcísima, que hizo sonreir plácidamente á los convidados incorporados en sus lechos. Los más de ellos miraban á las aulétridas como antiguas conocidas, y moviendo la cabeza al compás de la flauta, seguían con ojos ávidos el contorno de aquellos cuerpos, que agitaban sus pies acompañando el ritmo.

Varias veces cambiaron de tono y compás las flautistas; pero al cabo de una hora, los convidados parecían aburridos.

—Esto lo conocemos ya —dijo Lacaro—. Son las flautistas de todos tus banquetes, Sónnica. Desde que pareces enamorada, olvidas á tus amigos. Otra cosa; deseamos las danzarinas.

—Sí, que vengan las danzarinas —gritaron los jóvenes.

—Tened calma —dijo la griega, separándose por un instante del pecho de Acteón—. Vendrán las danzarinas, pero será al final del banquete, cuando me rinda el sueño. Os conozco bien, y sé cómo terminará la fiesta. Antes quiero que admiréis á una pequeña esclava que ha aprendido de los marineros griegos á ser una funámbula como las de Atenas.

Antes de que entrase la esclava, los convidados miraron alarmados á un extremo de la mesa. Un mujido de bestia salía debajo de ella. Era Eufobias, que caído de su lecho y con la cabeza sobre el mosaico, arrojaba la comida entre un arroyo de vino.

—Dadle hojas de laurel —dijo el prudente Alco—. Nada mejor para disipar la embriaguez.

Los esclavos le hicieron mascar las hojas casi á la fuerza, sin hacer caso de las protestas del filósofo.