Los esclavos cubrían la mesa con el tercer servicio, y los convidados, casi ebrios, incorporábanse en sus lechos al ver las canastillas llenas de frutas; los platos cubiertos de hojas de pasta dulce, enrolladas sobre el fuego al estilo de Capadocia, los buñuelos de harina de sésamo henchidos de miel y dorados por el calor del horno y las tortas con queso rellenas de frutas cocidas.

Destapábanse las ánforas pequeñas conteniendo los vinos más preciosos, traídos de los últimos confines del mundo por las naves de Sónnica. El vino de Biblos en Fenicia, saturaba el ambiente con sus penetrantes perfumes como una anforilla de tocador; el de Lesbos esparcía al derramarse un dulce olor de rosas, y junto con ellos caían en las copas los de Eritrea y Heráclea, fuertes y espirituosos, y los de Rhodas y Chios, mezclados prudentemente con agua del mar que hacía más fácil la digestión.

Algunos esclavos, para excitar de nuevo el apetito de los convidados y hacerles beber más, ofrecían platos con cigarras en salmuera, rábanos con vinagre y mostaza, garbanzos tostados y aceitunas colimbadas de picante adobo, apreciadísimas por su tamaño y sabor.

Acteón no comía; sentíase turbado por el contacto de Sónnica, que saliéndose de su lecho se oprimía contra él, frotando sus mejillas con las del ateniense y confundiendo sus alientos. Así permanecían silenciosos, contemplándose el uno en las pupilas del otro.

—Deja que te bese en los ojos —murmuraba Sónnica—. Son las ventanas del alma y me parece que por ellos penetra mi caricia hasta lo más hondo de tu pecho.

El arrogante Alorco, grave como un celtíbero en medio de su embriaguez, hablaba de las próximas fiestas, contemplando su copa vacía. Tenía en la ciudad cinco caballos, los mejores de su tribu, y si los magistrados le permitían tomar parte en la fiesta, á pesar de ser extranjero, habían de admirar los saguntinos la rapidez y fuerza de sus hermosas bestias. Para él sería la corona si algún suceso inesperado no le hacía abandonar antes la ciudad.

Lacaro y sus elegantes amigos se proponían disputar el premio del canto, y sus manos de mujer, finas y ensortijadas, movíanse nerviosamente sobre la mesa como si ya estuvieran pulsando la lira, y sus bocas pintadas cantaban á media voz los versos homéricos. Eufobias, tendido de espaldas en su lecho, miraba á lo alto con soñolientos ojos, sin voluntad más que para extender la copa y pedir vino; y Alco y los comerciantes griegos se impacientaban por la lentitud del banquete.

—¡Las danzarinas! ¡Que vengan las hijas de Gades! —reclamaban con voces trémulas, brillándoles en los ojos la punta de fuego de la embriaguez.

—Sí, vengan las danzarinas —gritó Eufobias saliendo de su estupor—. Quiero ver como esta honrada gente turba su digestión, que es lo mejor del hombre, con los pasos lúbricos de las hijas de Hércules.

Sónnica hizo un signo á su intendente, y á los pocos instantes sonaron en el peristilo regocijados sones de flautas.