Los convidados devoraban, tributando elogios al cocinero de Sónnica, un asiático comprado en Atenas por uno de sus navegantes. Le había costado casi el valor de una quinta; pero todos daban por bien empleado el gasto, admirando el arte con que sabía meditar en un rincón de la cocina sus asombrosas combinaciones, ejecutadas después por los otros servidores, y su feliz invención del dátil y la miel para las salsas suaves de los asados. Con un esclavo así, se podía gozar toda la vida y retardar la muerte por muchos años.

Había terminado el segundo servicio. Los convidados se tendían ahítos en sus lechos, aflojándose las vestiduras. Para no incorporarse al beber, los esclavos les servían el vino en copas de alabastro en forma de cuerno, que dejaban caer por su punta un hilillo de vino. La púrpura de los lechos manchábase de bebida. Las grandes lámparas de los ángulos, con sus luces de aceite perfumado, parecían debilitarse en aquella atmósfera densa, cargada del vaho de los platos. Las guirnaldas de rosas, tendidas de una lámpara á otra, desfallecían en el pesado ambiente. Al través de la puerta veíanse las columnas del peristilo y un trozo de cielo azul obscuro, en el que parpadeaban las estrellas.

El pacífico Alco, incorporándose en el lecho, sonreía con la dulzura de una embriaguez tranquila, contemplando la belleza del cielo.

—Bebo por la hermosura de nuestra ciudad —dijo levantando el cuerno lleno de vino.

—¡Por la griega Zazintho! —gritó Lacaro.

—Sí; seamos griegos —contestaron sus amigos.

Y la conversación vino á parar en la gran fiesta que por iniciativa de Sónnica celebrarían los griegos de Sagunto en honor de Minerva al recolectarse la mies. Las fiestas Panatheas, terminarían con una procesión semejante á la que se verificaba en Atenas y que Fidias había eternizado sobre mármol en sus famosos frisos. Los jóvenes hablaban con entusiasmo de los caballos que montarían y de los alardes de destreza para los cuales se estaban preparando con continuos ejercicios. Sónnica patrocinaba las fiestas con su inmensa riqueza, y quería que estas fuesen tan famosas como las que celebró Atenas al erigirse el Parthenón.

La juventud saguntina correría por la mañana fuera de las murallas para demostrar que valía tanto como los jinetes celtíberos: los más pacíficos lucharían en el Foro lira en mano para conquistar la corona dedicada al que mejor cantase los poemas de Homero; después la procesión desarrollaría sus magnificencias por las calles de la ciudad subiendo á la Acrópolis, y por la tarde se verificaría la carrera del hacha, para que riese la gente silbando al que dejara apagar su antorcha y golpeando al que caminase con lentitud.

—¿Pero es que realmente crees en Minerva? —preguntó Eufobias á Sónnica.

—Creo en lo que veo —contestó la griega—. Creo en la primavera, en la resurrección de los campos, en la mies que sale del terruño para alimentar con sus cabelleras doradas á los humanos, en las flores que son los pebeteros de la tierra, y sobre todas las diosas amo á Atenea por la sabiduría que diviniza á los hombres y á Minerva por su fecundidad que los mantiene.