El ateniense dedicó su libación á Afrodita, y los jóvenes prorrumpieron en un grito de entusiasmo. Afrodita debía ser la diosa de aquella noche; y mientras los jóvenes pensaban en las danzarinas de Gades, gran atractivo del banquete, Sónnica y Acteón, con los codos apoyados en cojines y el busto al borde de la mesa, se acariciaban con los ojos, al mismo tiempo que sus cuerpos estaban en cálido contacto.

Robustos esclavos, sudorosos por el fuego de las cocinas, dejaban sobre la mesa los manjares del primer servicio en grandes platos de roja arcilla saguntina. Eran mariscos servidos tal como fueron pescados ó cocidos al rescoldo con gran cantidad de especias. Ostras frescas, almejas, erizos aderezados con perejil y hierbabuena, espárragos, pepinos, lechugas, huevos de pava real, un vientre de cerda sazonado con cominos y vinagre, y pájaros fritos nadando en una salsa de polvo de queso, aceite, vinagre y silfio. Además se servía á los convidados el oxigarium, fabricado en las pesquerías de Cartago-Nova: una pasta de tripas de atún, cargada de sal y vinagre, que excitaba el paladar, obligando á beber vino.

El perfume de todos estos platos esparcíase por la sala del festín.

—Que no me hablen de los nidos del ave fénix —decía Eufobias con la boca llena—. Según afirman los poetas, el fénix embadurna su vivienda con incienso, cinamomo y canela, pero ¡juro por los dioses! que en ese nido no me encontraría tan bien como en el triclinio de Sónnica.

—Lo que no te impide, malvado —dijo la griega sonriendo—, dedicarme versos en los que me insultas.

—Porque te quiero y protesto de tus locuras. De día soy filósofo; pero por la noche el estómago me obliga á buscarte para que me peguen tus servidores y me des tú de comer.

Los esclavos retiraban los platos del primer servicio, y colocaban los del segundo, que era el de las carnes y el pescado. Un pequeño jabalí asado ocupaba el centro de la mesa; grandes faisanes con el plumaje entero sobre las cocidas carnes se ostentaban en platos rodeados de huevos cocidos y olorosas hierbas; los tordos formaban coronas enristrados en juncos; las liebres, al ser partidas, mostraban su relleno de romero y tomillo; y las palomas campestres confundíanse con las codornices y los tordos. Los pescados eran innumerables y hacían recordar á los griegos los platos de su país, hablando entre bocado y bocado del glauco de Megara, la murena de Scione y las doradas y xifias de las costas de Faraleo y del Helesponto.

Cada convidado escogía en los platos lo que más le gustaba, y obsequiaba con ello á sus amigos, cruzándose presentes por medio de los esclavos de un extremo á otro de la mesa. Nuevos vinos en ánforas selladas y polvorientas subidas de las cuevas, derramábanse en las copas del festín. El vino de Chios, lejano y costoso, confundíase con el Cecubo, el Falerno y el Massico de Italia y los de Laurona y del agro saguntino. Al perfume de estos líquidos, uníanse el de las salsas, en las que entraban con las complicadas recetas de la cocina griega, el silfio, el perejil, el sésamo, el hinojo, el comino y el ajo.

Sónnica apenas comía: olvidaba los platos, colmados de presentes de sus convidados, para sonreir á Acteón.

—Te amo —decía por lo bajo al griego—. Parece que me haya hechizado una maga de la Thesalia. Todo en mí está lleno de amor. ¿Ves estos peces?... Temo comerlos; creería cometer un sacrilegio: las rosas y los peces están dedicados á Venus, la madre de nuestra felicidad. Sólo deseo beber... beber mucho. Siento en mí un fuego que me acaricia y me consume.