—Mayor es la sed. He pasado el día hablando en el Foro: todos me oían y á nadie se le ocurrió que debía refrescarme la garganta.
Había que elegir, según costumbre griega, el rey del banquete; el convidado predilecto encargado de proponer los brindis, de marcar el momento de beber y dirigir las conversaciones.
—Elijamos á Eufobias —dijo Alorco con su grave jocosidad de celtíbero.
—No —protestó Sónnica—. Un día le entregamos por broma la dirección de un banquete y antes de llegar al tercer servicio estábamos todos ebrios. Á cada bocado propone una libación.
—¿Á qué elegir rey? —dijo el filósofo—. Lo tenemos ya al lado de Sónnica. Que sea el ateniense.
—Que lo sea —dijo el elegante Lacaro— y que no te permita hablar en toda la noche, insolente parásito.
En el centro de la mesa elevábase una ancha crátera de bronce, á cuyos bordes asomaba un grupo de ninfas mirándose en el ovalado lago de vino. Cada convidado tenía detrás un esclavo para su servicio y todos ellos llenaron en la crátera los vasos de los comensales, para la primera libación. Eran vasos de los llamados mirrinos, traídos á gran precio de Asia, de misteriosa fabricación, en la que entraba polvo de conchas y mirra endurecida y pintada. Tenían la blanca opacidad del marfil, matizada por grecas de colores, y su pasta misteriosa daba al vino un sabor voluptuoso.
Incorporóse Acteón en su lecho para proponer la primera libación en honor de la divinidad predilecta.
—Bebe por Diana, ateniense —dijo la voz grave de Alco—. Bebe por la diosa saguntina.
Pero el griego sentía en la mano que le quedaba libre otra fina y ensortijada envolviéndola con tibia caricia.