Y entre las risas de los convidados, rascábase la frente, en la que comenzaba á marcarse un chichón, y con la punta de su viejo manto se enjugaba algunas gotas de sangre junto á la oreja.
—¡Salud, piojoso! —le gritó el elegante Lacaro.
—¡Lejos de nosotros! —vociferaron los otros jóvenes.
Pero Eufobias no se fijaba en ellos. Sonreía á Acteón, viéndole acostado junto á Sónnica, y sus ojillos brillaban con expresión maliciosa.
—Has llegado donde yo creía, ateniense. Tú sujetarás á estos afeminados, que rodean á Sónnica y me llenan de insultos.
Y sin hacer caso de las burlescas protestas de los jóvenes, añadió con servil sonrisa:
—Creo que no olvidarás á tu viejo amigo Eufobias. Ahora ya puedes pagarle todo el vino que desee en las tabernas del Foro.
El filósofo ocupó un lecho en el extremo más apartado de la mesa y rechazó la corona que le presentaba una esclava.
—No vengo por flores: vengo á comer. Rosas las encuentro en el campo con solo dar un paseo: lo que no se encuentra en Sagunto es un pedazo de pan para un filósofo.
—¿Sientes hambre? —preguntó Sónnica.