Sónnica sonreía; pero de repente vino á su memoria un epigrama cruel que el parásito la había dedicado días antes, recitándolo en el Foro, y dijo con frialdad á su intendente:

—Arrójalo á palos.

Los convidados se lavaron las manos en el chorro de agua perfumada que una esclava iba vertiendo de lecho en lecho, y Sónnica dió la orden de comenzar el banquete, cuando entró de nuevo el intendente empuñando todavía una estaca nudosa.

—Le he pegado, señora, y no quiere irse. Aguanta los golpes y cada vez se mete más en la casa.

—¿Y qué dice?...

—Dice que no es posible una fiesta de Sónnica sin la presencia de Eufobias, y que los golpes son señal de aprecio.

La hermosa griega pareció compadecerse; rieron los comensales y Sónnica dió orden para que entrase el filósofo. Pero antes que saliera á cumplirla el intendente, ya Eufobias se había introducido en la sala, encogido, humilde, pero mirando á todos con ojos insolentes.

—Los dioses sean con vosotros. La alegría te acompañe siempre, hermosa Sónnica.

Y volviéndose al intendente dijo con altanería:

—Hermano: ya que ves que de todos modos acabo por entrar, procura otra vez tener la mano menos pesada.