Al entrar la enamorada pareja en la sala del festín, todos los convidados adivinaron su felicidad en los ojos húmedos y brillantes de Sónnica, en el desmayo con que inclinaba hacia Acteón su rubia cabeza coronada de rosas y violetas.
—Ya tenemos amo —murmuró Lacaro con entonación envidiosa.
—Ha sido más afortunado que nosotros —contestó el celtíbero con sencillez—. Al fin es un ateniense, y comprendo que Sónnica la insensible se haya ablandado ante uno de los suyos.
Acteón, dándose á conocer á todos los convidados, iba por la sala con el aplomo de un potentado que goza de sus riquezas; como hombre habituado á grandes esplendores, al que un golpe de fortuna saca de la miseria, devolviéndolo á sus primitivas costumbres.
Á una indicación de Sónnica, los convidados se tendieron en los lechos de púrpura que oblícuamente rodeaban la mesa, y entraron en la sala cuatro jóvenes apenas llegadas á la adolescencia, llevando sobre sus cabezas, con la esbelta gracia de las canéforas, canastillas de mimbre con coronas de rosas. Caminaban con gentil ligereza, como si se deslizaran sobre el mosaico al son de invisibles flautas, y con sus finas manos de niña ceñían de flores la frente de los comensales.
El intendente de la quinta entró en la sala con rostro irritado.
—Señora: Eufobias el parásito se empeña en entrar.
Estallaron gritos y protestas entre los convidados al conocer la proximidad de Eufobias.
—¡Arrójalo, Sónnica! ¡Nos llenará de miseria! —gritaban los jóvenes, recordando con rabia las burlas que se permitía en el Foro sobre sus trajes y costumbres.
—Es una vergüenza para la ciudad tolerar á ese mendigo insolente —decían los ciudadanos graves.