Acteón sintió en un hombro el roce mórbido y firme del pecho de la griega.
—¡Sónnica!...
Y acariciando el cinturón de oro de la griega, lo hizo caer al suelo. Los brazos frescos y satinados de la cortesana se anudaron á su cuello como serpientes de marfil: su cabeza se frotó amorosamente contra los hombros del griego, que mirando hacia abajo veía fijos en él unos ojos de violeta, húmedos con estremecimientos de emoción.
—Eres Atenas que vuelve á mí —murmuró ella con dulce desmayo—. Cuando te encontré esta mañana en las gradas de Afrodita creí que eras Apolo descendido al mundo... Sentí en mis entrañas el fuego de los dioses... Imposible resistir... He despreciado al Amor por mucho tiempo... Pero el diosecillo se venga y yo te amo. Ven... ¡Ven!...
Y tiraba del cuello de Acteón con sus brazos entrelazados. Se soltaron los broches de la túnica, resbaló ésta á lo largo del cuerpo, y en el crepúsculo de la gruta brilló por algunos instantes con pálida luz la desnudez de la griega.
Eran nueve los convidados de Sónnica y llegaron al cerrar la noche, unos en carros, otros á caballo, pasando por entre los esclavos con antorchas encendidas que guardaban la entrada de la quinta.
Cuando Sónnica y Acteón entraron en la sala del festín, los convidados formaban grupos junto á los lechos de púrpura, en torno de la curva mesa, cuyo mármol lavaban algunas esclavas con esponjas de agua perfumada. Cuatro enormes lámparas de bronce ocupaban los ángulos del triclinyum. De sus brazos pendían con cadenillas un sinnúmero de cazoletas de aceite perfumado, en las que crepitaban las mechas, esparciendo una viva claridad. Guirnaldas de rosas y follaje se tendían de una á otra lámpara, formando un marco perfumado á la mesa del festín. Junto á la puerta que comunicaba con el peristilo amontonábanse sobre mesas de labrada madera los platos, los vasos dorados y de plata y los agudos trinchantes de que habían de servirse los esclavos.
El celtíbero Alorco hablaba con Lacaro y otros tres jóvenes griegos de aquellos que por su afeminamiento excitaban el escándalo de los saguntinos en el Foro. El arrogante bárbaro, por una costumbre de su raza, conservaba ceñida la espada hasta el momento del banquete, colgándola después del remate de marfil del lecho para tenerla siempre al alcance de la mano.
En el otro extremo de la mesa conversaban tranquilamente dos ciudadanos de edad madura y Alco, el pacífico saguntino con quien habló Acteón por la mañana en la explanada de la Acrópolis.
Los dos viejos eran antiguos amigos de la casa, comerciantes griegos á los que Sónnica hacía partícipes de sus negocios é invitaba á las fiestas nocturnas, apreciando la mesurada alegría que aportaban á la diversión.