—Aborrezco á los bárbaros, no porque carezcan de los esplendores del arte, sino por su odio al amor, que encadenan con toda clase de leyes y preocupaciones. Son hipócritas y deformes; hacen de la reproducción un crimen y aborrecen el desnudo, ocultando su cuerpo con toda clase de harapos, como si fuese un espectáculo abominable... ¡Cuando el amor sensual, el encuentro de dos cuerpos, es el sublime amor del que nacimos, y sin él se secaría la fuente de la vida extinguiéndose el mundo!...

—Por eso somos grandes —dijo Acteón con gravedad—. Por eso nuestras artes llenan la tierra y todos se inclinan ante la grandeza moral de Grecia. Somos el pueblo que ha sabido honrar la vida rindiendo culto á su origen: satisfacemos sin hipocresía los impulsos del amor, y por esto comprendemos mejor que nadie las necesidades del espíritu. La inteligencia vuela mejor cuando no siente el peso del cuerpo atormentado por la castidad. Amamos y estudiamos: nuestros dioses van desnudos, sin otro adorno que el rayo de luz inmortal sobre la frente. No piden sangre como esas divinidades bárbaras envueltas en ropajes que sólo dejan al descubierto su faz ceñuda de asesinos; son bellos como los humanos, ríen como ellos, y sus carcajadas, rodando por el Olimpo, alegran la tierra.

—El amor es el sentimiento más virtuoso: de él emanan todas las grandezas. Sólo los bárbaros lo calumnian, ocultándolo como deshonestidad.

—Yo conozco un pueblo —dijo Acteón— en el que el amor, la divina fusión de los cuerpos, se mira como una impureza. Es Israel, una amalgama de tribus miserables, acampadas en un país árido, en torno de un templo de bárbara construcción, copiado á todos los pueblos. Son hipócritas, rapaces y crueles: por esto abominan del amor. Si un pueblo así llegase á la grandeza universal de Grecia, si se enseñoreara del mundo, imponiendo sus creencias, se apagaría la eterna luz que brilla en el Parthenón; la humanidad andaría á obscuras, con el corazón seco y el pensamiento muerto; la tierra sería una necrópolis, todos cadáveres movibles, y pasarían siglos y más siglos antes que los hombres encontraran otra vez el camino, marchando de nuevo hacia nuestros risueños dioses, hacia el culto á la belleza que alegra la vida.

Sónnica, escuchando al griego, se aproximaba á los altos rosales y arrancaba las flores, aspirándolas con delicia. Se creía en Atenas, en el jardín de la calle de los Trípodes, oyendo á su poeta, que la iniciaba en los dulces misterios del arte y el amor. Y miraba dulcemente á Acteón, con apasionamiento franco y sincero, con sumisión de esclava, diciendo «quiero» con los ojos, como si sólo esperase una palabra para caer en sus brazos.

El aire removía dulcemente todo el jardín. Al través del follaje se veía el cielo de color de púrpura inflamado por la puesta del sol. Bajo los árboles comenzaba á formarse una misteriosa penumbra. Los ruidos del campo, el rebullir de la gente fuera de la quinta en las casas de los esclavos y hasta los gritos de los pájaros exóticos en la terraza, parecían venir de un mundo lejano.

Entre dos macizos de rosales erguíase una imagen de Príapo tallada en un tronco. El dios rústico sonreía con expresión lúbrica, arqueando el pecho velludo y encorvando hacia afuera los riñones, como para ostentar mejor su virilidad enorme pintada de rojo.

Sónnica sonrió al ver que lo contemplaba el ateniense.

—Ya sabes que es antigua costumbre poner los jardines bajo la guarda de Príapo. Dicen que ahuyenta á los ladrones. Así lo creen mis esclavos; pero si yo conservo al dios es como símbolo de vida en medio de estas rosas que son tan bellas como las de Pæstum. La brutalidad del gesto de Príapo completa la dulzura graciosa del Amor.

Los dos griegos se alejaron silenciosos, con paso tardo, por una avenida de esbeltos cipreses, á cuyo extremo se abría una gruta con los peñascos tapizados de hiedra, dejando filtrar por sus aberturas una luz verde y difusa. Un amorcillo blanco lanzaba con una concha un chorro de agua que parecía llorar dulcemente, chocando con el tazón de alabastro. Allí pasaba la antigua cortesana las horas de calor.