Salieron de la casa y comenzaron á pasear por una tortuosa avenida orlada de altos laureles, sobre los cuales asomaban las ramas de los plátanos, regados con vino para acelerar su crecimiento. En la terraza de la quinta dos pavos lanzaban sus estridentes graznidos y daban vueltas en el filo de la balaustrada, extendiendo las majestuosas colas.

Acteón, al contemplar á la luz del sol á su hermosa protectora, sintió correr por el cuerpo un estremecimiento de deseo. Llevaba por todo vestido un xitón griego, una túnica abierta, sujeta por un broche de metal en los hombros y ceñida al talle por un cinturón dorado. Los brazos surgían desnudos de la blanca envoltura, y el lado izquierdo de la túnica, cerrado desde el sobaco á la rodilla por algunos pequeños broches, se entreabría á cada paso, revelando las nacaradas desnudeces. La tela era tan sutil que al través de su transparencia marcábanse los contornos de aquel cuerpo sonrosado, que parecía nadar en una envoltura de espuma tejida.

—¿Te asombra mi traje Acteón?

—No; es que te admiro. Me pareces Afrodita surgiendo de las ondas. Hace tiempo que no veo á las hermosuras de Atenas mostrando su divina belleza. Estoy corrompido por mis viajes al través de las rudas costumbres de los bárbaros.

—Es verdad. Como dice Herodoto, casi todos los que no son griegos consideran como un oprobio el aparecer desnudos... ¡Si supieras cuánto escandalizaron al principio, á las gentes de esta ciudad, mis costumbres de ateniense!... ¡Como si en el mundo existiera algo más hermoso que la forma humana! ¡Como si el desnudo no fuese la suprema belleza! Adoro á Friné, asombrando con su cuerpo desnudo á los viejos del Areópago; haciendo rugir de admiración á los miles de peregrinos reunidos en la playa de Eleusis, que ven surgir sus blancas formas de entre los velos, como la luna entre las nubes. Creo en la belleza de sus pechos más que en el poder de los dioses.

—¿Dudas de los dioses? —preguntó Acteón con su fina sonrisa de ateniense.

—Lo mismo que tú y todos los de allá. Los dioses ya sólo sirven de modelos á los artistas, y si se toleran en el viejo Homero, es porque supo contar sus rencillas en hermosos versos. No; no creo en ellos; son simples y crédulos como niños, pero los amo porque son sanos y hermosos.

—¿En qué crees, pues, Sónnica?

—No sé... En algo misterioso que nos rodea y anima la vida: creo en la belleza y el amor.

Se detuvo la griega con aspecto pensativo y continuó: