Satisfecha su curiosidad de ateniense desterrada, quiso penetrar en la azarosa vida de su huésped, y Acteón hizo el relato con sencillez. Nacido en Atenas, había sido trasladado á Cartago á los doce años. Su padre, al servicio de la república africana, guerreaba con Hamílcar en Sicilia. Un mismo esclavo cuidaba en una aldea del interior al hijo del mercenario griego y á un cachorro de Hamílcar que sólo tenía cuatro años. Era Hanníbal. El ateniense recordaba los golpes que había dado muchas veces á aquella pequeña fiera á cambio de los mordiscos con que el africano le sorprendía en medio de los juegos. Estalló la sublevación de los mercenarios con todos los horrores que la convirtieron en la guerra inexorable, y su padre, que había permanecido fiel á Cartago y no quiso tomar las armas con sus compañeros, fué á pesar de esto crucificado por el populacho cartaginés que, olvidando sus heridas por la República, sólo vió en él, al extranjero, al amigo de Hamílcar, odiado por los partidarios de Hanón. El hijo se salvó milagrosamente de las sangrientas represalias, y el fiel esclavo de Hamílcar lo embarcó para Atenas.
Allí, bajo la protección de unos parientes, recibió la educación de todos los jóvenes griegos. Conquistó premios del Gimnasio, en la lucha atlética, la carrera y el juego del disco; aprendió á montar caballos sin freno, sin más que apoyar el extremo del pie en una muesca de la lanza; para templar la rudeza de esta educación, le enseñaron á tañer la lira y cantar los versos en diversos estilos, y al verse fuerte de cuerpo y sano de inteligencia, fué enviado como todos los jóvenes atenienses á hacer su aprendizaje militar en las guarniciones de la frontera.
Le aburría la pasividad de esta existencia; era pobre y amaba los placeres; la sangre de sus antepasados, todos soldados de aventura, bullía en su cuerpo, y huyó del Ática para encargarse de una pesquería en el Ponto-Euxino. Después fué navegante, comerció por mar y por tierra; sus caravanas se internaron en el Asia, al través de tribus belicosas y pueblos que vivían en la molicie de una civilización remota y decadente. Fué personaje poderoso en la corte de algunos tiranos, que le admiraban al verle beber de golpe una ánfora de vino perfumado y vencer en el pugilato á los gigantes de la guardia con su ágil destreza de ateniense; y cargado de riquezas levantó un palacio en Rhodas junto al mar y dió fiestas que duraron tres días con sus noches. El terremoto que derribó al coloso, acabó con su fortuna; se hundieron sus naves, desaparecieron bajo las olas sus almacenes llenos de mercancías, y comenzó de nuevo la peregrinación por el mundo; en unos sitios maestro de canto, en otros, educador militar de la juventud, hasta que atraído por la guerra de Esparta, se alistó en el ejército de Cleomenes, el último héroe griego, acompañándolo en el momento en que, vencido, se embarcó para Alejandría. Pobre, sin ilusiones, convencido de que la riqueza no volvería á él, triste al ver que todo el mundo lo llenaban los nombres de Cartago y Roma, hundiéndose el de Grecia en el olvido, había venido á refugiarse en Sagunto, la pequeña República casi desconocida, en busca de pan y de paz, hasta que llegase su última hora. Tal vez en aquel retiro, si no lo estorbaba la guerra, escribiría la historia de sus viajes.
Sónnica seguía su relato con interés, fijando en Acteón una mirada de simpatía.
—Y tú que has sido un héroe y un potentado ¿vas á servir á esta ciudad como simple mercenario?
—Mopso el arquero me ha prometido distinguirme entre las tropas.
—No basta eso, Acteón. Tendrías que vivir como los demás soldados; pasar tu vida en las tabernas del Foro, dormir en las gradas del templo de Hércules. No: tú tienes aquí tu casa; te protege Sónnica.
Y en sus ojos brillantes, agrandados por el círculo obscuro, se leía una piedad amorosa que tenía algo de maternal.
El ateniense la contemplaba con admiración, erguida en su asiento como una nube blanca, en la penumbra de la biblioteca que, como todas las habitaciones griegas, no tenía más luz que la que entraba por la puerta.
—Salgamos al jardín, Acteón. La tarde es dulce y podremos creernos por un instante en los bosquecillos de la Academia.