Acteón admiró la esbelta robustez de las columnas, labradas en mármol azul, lo mismo que los zócalos de las galerías, lo que daba á la luz del atrio una vaguedad difusa, como si el edificio estuviese sumergido en el mar.

Después el introductor le había entregado á Odacis, la esclava favorita, y ésta le había hecho pasar al peristylium, un segundo patio mucho más grande que el atrio y que por su decoración polícroma asombró al griego. Las columnas estaban pintadas de rojo en su parte baja, y después este color se mezclaba con el azul y el oro en las estrías y capiteles, esparciéndose por el artesonado del techo que cubría los pórticos. En la parte descubierta del peristilo abríase en el suelo una piscina profunda de aguas transparentes, por las que pasaban los peces como relámpagos de oro. En torno de ella, bancos de mármol sostenidos por hermes; mesas sustentadas por delfines de retorcida cola; macizos de rosas, entre cuyo follaje asomaban estatuillas blancas ó de barro cocido en voluptuosas posiciones; y cubriendo las paredes del peristilo, entre las puertas de las habitaciones, grandes pinturas de artistas griegos: Orfeo con su pesada lira, desnudo y con el gorro de Frigia, rodeado de leones y panteras que escuchaban sus cantos con la cabeza humillada y ahogando el rugido; Venus surgiendo de las espumas; Adonis dejándose curar por la madre del Amor, y otras escenas loando la fuerza del arte y la belleza.

Acteón vió junto á él dos esclavos jóvenes que le condujeron al baño, y al salir de éste encontró de nuevo á Odacis, que le hizo entrar en la biblioteca, situada en el fondo del peristilo.

Era una gran habitación con pavimento de mosaico, que representaba el triunfo de Baco. El joven dios, hermoso como una mujer, desnudo y coronado de pámpanos y rosas, cabalgaba sobre una pantera, tremolando el tirso. Las pinturas de las paredes eran pasajes famosos de la Iliada. Alineados sobre tablas estaban los libros más voluminosos, y los pequeños formaban haces, metidos en estrechos cestos de mimbres con forro interior de lana.

Acteón admiró la riqueza de la biblioteca, al contar más de cien libros. Representaban una verdadera fortuna. Los navegantes recibían de Sónnica el encargo de traerla cuantas obras notables encontraban en sus viajes, y los libreros de Atenas la remitían los libros de entretenimiento más famosos que alcanzaban boga en su ciudad. Eran todos de papirus con las bandas arrolladas en torno del umbilicus, cilindro de madera ó de hueso artísticamente tallado en sus extremos. Sus hojas, escritas sólo por una cara, estaban impregnadas en la otra de aceite de cedro para preservarlas de la polilla, y sobre la envoltura superior, pintada de púrpura, brillaban con letras de minio y oro el título de la obra, el nombre del autor y el índice de las materias. La copia de aquellos libros representaba la vida de muchos hombres; una suma de trabajo adquirida á costa de grandes cantidades; y el griego, con el respeto de su raza ante la sabiduría y el arte, creíase en el silencio de la biblioteca rodeado por las sombras augustas de tantos grandes hombres, y su mirada respetuosa iba del Homero en viejo papirus, deslucido por los años, y las obras de Thales y Pitágoras, á los poetas contemporáneos, Theócrito y Calímaco, cuyos volúmenes estaban desarrollados, delatando una reciente lectura.

Acteón oyó un ligero crujido de sandalias en el peristilo, y el cuadro de oro pálido que formaba en el suelo la luz del patio al través de la puerta, se obscureció con la sombra de una persona. Era Sónnica, vestida con una sutil túnica blanca. La luz que quedaba á sus espaldas marcaba los contornos adorables del cuerpo en la nube diáfana del vestido.

—Bienvenido seas, ateniense —dijo con una entonación estudiada y armoniosa—. Los que llegan de allá son siempre los señores en mi casa. El banquete de esta noche será en tu honor, pues nadie como un hijo de Atenas puede ser rey de la mesa y conducir las conversaciones.

Acteón, algo conmovido por la presencia de una mujer hermosa envuelta en embriagadores perfumes, comenzó á hablar de la casa, del asombro que le había producido su magnificencia en aquel país bárbaro y de la admiración que su dueña gozaba en la ciudad. Todos le habían hablado de Sónnica la rica.

—Sí, me quieren; mas algunas veces me censuran. Pero hablemos de tí, Acteón: cuéntame quién eres; tu vida debe ser interesante como la del viejo Ulises. Dime antes lo que hay de nuevo en Atenas.

Y por largo rato se desarrolló una charla incesante entre los dos griegos; ella queriendo saber qué cortesanas eran las que triunfaban en el Cerámico é imponían las modas; alegre, satisfecha de recordar su pasado, rejuvenecida y olvidada de su majestuosa opulencia de Sagunto, como si aún estuviera en la casa de la calle de los Trípodes y Acteón fuese uno de los artistas pobres que la visitaban por la tarde para hablar con intimidad de camaradas de las cosas de la ciudad. Reía al escuchar las últimas agudezas de los desocupados del Ágora, la cancioncilla en boga un año antes, cuando Acteón salió de Atenas; y con el ceño fruncido y una gravedad de diosa se enteraba minuciosamente de las postreras variaciones en el traje y el peinado de las hetarias más célebres.