Odacis la pintó el rostro de blanco, y después, mojando un pequeño estilete de madera en esencia de rosas, lo hundió en un bote de bronce adornado con guirnaldas de loto y lleno de un polvo negro. Era el kohol que los mercaderes egipcios vendían á un precio fabuloso. La esclava aplicó la punta del estilete á los párpados de la griega, tiñéndolos de un negro intenso y trazando una fina línea en el vértice de los ojos, que dió á éstos más grandeza y dulzura.
El tocado llegaba á su fin. Las esclavas abrían los innumerables frascos y vasos alineados sobre el mármol, y por el ambiente de la habitación se esparcían confundidos los costosos perfumes; el nardo de Sicilia, el incienso y la mirra de Judea, el áloe de la India, y el comino de Grecia. Odacis cogió una pequeña ánfora de vidrio incrustada de oro con un tapón cónico terminado por fina punta que servía para depositar sobre los ojos el antimonio que aviva la mirada, y después de terminar la operación, ofreció á su señora las tres unturas para dar color á la piel en diferente gradación: el minium, el carmín y el rojo egipcio extraído de los residuos del cocodrilo.
Delicadamente, la esclava fué coloreando con un fino pincel el cuerpo de su señora. Trazó una nubecilla de pálido arrebol en las mejillas y las diminutas orejas; marcó dos manchas como pétalos de rosa en los agudos y titilantes extremos de los pechos; acarició con su pincel el botón de la vida, que se marcaba con depresión ligera en medio de la tersa suavidad del vientre, y poniéndose tras de Sónnica, coloreó sus codos y los hoyuelos que se marcaban más abajo del talle, en las protuberancias de armoniosa redondez. Luego, con rojo egipcio, fué tiñéndole una por una las uñas de los pies y las manos, y otra esclava le calzó unas sandalias blancas con suela de papirus y broches de oro. Caían los perfumes sobre ella, cada uno en distinta parte del cuerpo, para que éste fuese como un mazo de flores, en el que se confundían diferentes aromas. Odacis la presentó el cofrecillo de las joyas, dentro del cual temblaban las piedras preciosas como peces inquietos y deslumbrantes. Los afilados dedos de la griega, revolvieron con indiferencia el montón de collares, sortijas y pendientes que, como todas las joyas griegas, eran más preciosos por el trabajo de los artistas, que por la riqueza de las materias. Las escenas de los grandes poemas aparecían reproducidas casi microscópicamente en camafeos de cornalina, ónix y ágata, y las esmeraldas, topacios y amatistas, estaban adornadas con puros perfiles de diosas y héroes.
Sobre el desnudo pecho de Sónnica se enroscó un collar de piedras de complicadas vueltas; los dedos de sus manos se cubrieron de sortijas hasta las uñas, y la blancura de sus brazos pareció más diáfana, cortada á trechos por el brillo de anchos brazaletes de oro. Para dar más expresión al rostro, Odacis adornó á su señora con algunos ligeros lunares, y después comenzó á anudar en torno de su cuerpo la fascia, el corsé de la época, una ancha faja de lana que sostenía los globos del pecho para que conservasen su saliente rigidez sin deformarse por el peso. Sónnica, contemplándose en el pulido bronce, sonreía á su imagen desnuda y hermosa como una Venus en reposo.
—¿Qué traje, señora? —preguntó Odacis—. ¿Quieres la túnica de flores de oro que te trajeron de Creta, ó los velos de kalasiris, transparentes como el aire, que mandaste comprar en Alejandría?...
Sónnica no llegaba á decidirse: escogería en el vestuario. Y con toda la majestad de su hermosa desnudez, haciendo crujir á cada paso el papirus de las sandalias, salió de su dormitorio seguida de las esclavas.
Mientras tanto Acteón esperaba en la biblioteca. Había visto grandes palacios en sus correrías por el mundo, había contemplado —dos años antes del terremoto que le arruinó— el célebre coloso de Rhodas; conocía el Seraphion y la tumba del gran conquistador en Alejandría; estaba habituado á la riqueza y al fausto y, sin embargo, no podía ocultar la sorpresa que le producía aquella casa griega en un país bárbaro, más lujosa y artística que la de los ciudadanos ricos de Atenas.
Guiado por un esclavo y dejando atrás el jardín con sus follajes rumorosos y sus gritos de pájaros exóticos, había pasado por la columnata que daba entrada á la quinta. Primero el prothyrum con su zócalo de mosaico, en el que se veían pintados feroces perros negros con el ojo de fuego y abierta la rabiosa y babeante boca, erizada de colmillos.
Sobre la puerta estaba clavada una rama de laurel junto á una lámpara en honor de los dioses tutelares de la casa. Después del prothyrum, algo lóbrego, se abría á cielo abierto como un pulmón del edificio, el atrio con sus cuatro filas de columnas sosteniendo la techumbre y formando otros tantos claustros, en los cuales se alineaban las puertas de las habitaciones con sus tres cuadros ribeteados por clavos de gruesa cabeza.
En el centro del atrio abríase el impluvium, balsa rectangular de mármol para recoger las aguas de la techumbre, depositándolas en la cisterna. Entre las columnas erguíanse sobre sus pedestales grandes vasos de barro rojo cubiertos de flores; cuatro mesas de mármol sostenidas por leones alados bordeaban el impluvium; y junto á éste alzábase una estatuilla del Amor que en días de fiesta servía de surtidor de agua.