Salió del baño suspirando con infantiles y graciosos estremecimientos, mientras su cabellera esparcía una menuda lluvia á cada paso.
Odacis llamó y entraron tres esclavas, que eran las que la ayudaban en el tocado de su señora, las tractatrices encargadas del masaje de su cuerpo.
Sónnica se dejó manejar por las tres mujeres, que la frotaron con fuerza, estirando sus miembros para darles ligereza y soltura. Después se sentó en una silla de marfil, apoyando sus codos sonrosados en los delfines que formaban los brazos del asiento, y en esta posición, erguida é inmóvil, esperó que las esclavas procediesen á su tocado.
Una que era casi una niña, envuelta en una tela de anchas rayas, se arrodilló en el suelo, sosteniendo un gran espejo de bronce cincelado, en el cual se contemplaba Sónnica hasta más abajo del talle. Otra rebuscó en las mesas de mármol los objetos de tocador, alineándolos, y Odacis comenzó á alisar con peines de marfil la espléndida cabellera de su señora. Mientras tanto la otra esclava se aproximaba con una pátera de bronce llena de pasta gris. Era la harina de habas usada por las elegantes de Atenas para conservar tersa y tirante la piel. Untó con ella las mejillas de la griega y después los salientes pechos, el vientre, los flancos y las rodillas, dejando casi todo su cuerpo envuelto en una capa grasienta y lustrosa. En los sitios donde crece el vello puso algo de dropax, pasta depilatoria compuesta de vinagre y tierra de Chipre.
Sónnica asistía impasible á estos preparativos de su toilette, que la afeaban momentáneamente para hacerla renacer todos los días más hermosa.
Odacis seguía peinándola. Agarraba la espléndida cabellera, perdiéndose sus dos manos en aquella cascada brillante; la retorcía dulcemente, enroscándola á sus brazos como una enorme serpiente de oro; volvía á esparcirla, separándola mechón por mechón para que se secase, y tornaba amorosamente á alisarla con los peines de marfil apilados en una mesa inmediata, verdaderos prodigios de arte con púas finísimas y su parte superior cincelada, representando escenas de los bosques, ninfas arrogantes persiguiendo ciervos, y sátiros hediondos dando caza á las beldades desnudas.
La peinadora, después de secar la cabellera, procedió á teñirla. Con una pequeña ánfora rematada por largo pico, la humedeció con una disolución de azafrán y goma de Arabia, y abriendo una arquilla llena de polvo de oro, fué espolvoreando la sedosa y enorme madeja, que tomó la brillantez de los rayos del sol. Después, enroscando los mechones de las sienes á un molde de hierro puesto en un braserillo, fué formando apretados rizos que cubrieron la frente de la griega hasta cerca de los ojos; recogió la masa de cabellos sobre la nuca, sujetándolos con una cinta roja entrelazada fuertemente, y rizó el vértice del peinado, imitando las ondulantes llamas de una antorcha.
Sónnica se levantó. Dos de las esclavas aproximaron una pesada ánfora de barro llena de leche, y con una esponja lavaron el cuerpo de su señora cerca de la piscina, limpiándola de la pasta de habas. La tersa blancura de su piel volvió á salir á luz más fresca y jugosa.
Odacis, con unas pinzas de plata en la mano, vigilaba el cuerpo de su señora, con la atención y el ceño fruncido del artista que prepara una grande obra. Era la encargada de la depilación; su mano ligera merecía elogios por la suavidad con que arrancaba el vello y perseguía obstinadamente por todos los contornos entrantes y salientes del cuerpo el más ligero musgo para hacerlo desaparecer. Sus pinzas arrancaron algunas briznas finísimas que comenzaban á surgir bajo la dulce curva del vientre, allí donde la naturaleza tendía á cubrirse de obscura y aterciopelada vegetación, destruída implacablemente por la costumbre griega de imitar la tersa limpieza de las estatuas.
Volvió á sentarse Sónnica en la silla de marfil y comenzó el arreglo del rostro. En la inmediata mesilla alineábase un verdadero ejército de frascos de vidrio, vasos de alabastro, botes de bronce y plata, cajitas de marfil y oro, todo cincelado, brillante, cubierto de delicadas figurillas, adornado de piedras preciosas, conteniendo esencias egipcias y hebreas, aromas de Arabia, perfumes y afeites embriagadores traídos por las caravanas del interior del Asia á los puertos fenicios, trasladados de allí á Grecia ó á Cartago, y comprados para Sónnica por los pilotos de sus barcos en las arriesgadas correrías comerciales.