Al eco de su voz entró una esclava celtíbera, alta, enjuta, fuerte, á la que apreciaba mucho la griega por la suavidad con que peinaba sus cabellos.

Apoyándose en sus hombros se incorporó sonriente y saltó del lecho para entrar en el baño.

Su desnudez se envolvía en la cabellera como en un transparente velo de oro. Al posar sus pies desnudos sobre el pavimento que representaba el juicio de Paris, la frialdad del mosaico la hacía reir con agradable cosquilleo y su risa marcaba suaves hoyuelos en las mejillas, y por acción refleja hacía estremecer con suave ondulación las curvas de su dorso.

Descendió tres escalones y se arrojó en la piscina de jaspe, moviendo los brazos, que hacían saltar el agua en diminutas perlas. Su cuerpo, al través del agua verdosa, tomaba una trasparencia ideal, un brillo de aparición fantástica, moviéndose de un lado á otro como una sirena de espaldas de nácar con la cabellera flotante.

—¿Quién ha venido, Odacis? —preguntó tendiéndose en el fondo de la bañera.

—Han venido las mujeres de Gades que bailarán esta noche. Polyantho las ha alojado junto á las cocinas.

—¿Y quién más?...

—Hace un momento llegó el extranjero de Atenas que encontraste esta mañana en el templo de Afrodita. Le he hecho entrar en la biblioteca y no he olvidado ninguno de los deberes de la hospitalidad. Ahora acaba de salir del baño.

Sónnica sonreía pensando en el encuentro de por la mañana. Había dormido mal. Lo atribuía á la noche en vela pasada con sus amigos en la terraza de la quinta; al caprichoso viaje al puerto antes de la salida del sol; pero pensaba con cierta confusión en lo impresa que había quedado en su memoria la figura del ateniense, hasta el punto de que varias veces se le apareció durante su sueño. Sin saber por qué, asociaba la figura de Acteón á la de Zeus cuando en forma mortal bajaba á la tierra en busca del amor humano.

En sus ratos de fastidio, cuando en Atenas acogía con repugnancia las caricias vendidas por montones de oro, la acometía el vago deseo de ser amada por un dios. Pensaba en Leda, en Psiquis, hasta en el afeminado Ganímedes, amados por los huéspedes del Olimpo, y se enfurecía ante la imposibilidad de encontrar un dios que la poseyera en un bosque misterioso ó al borde de uno de esos caminos á cuyo final está lo desconocido. Quería contemplar su imagen en el fondo de unos ojos animados por el resplandor de lo infinito; besar una boca que sirviese de puerta á la suprema sabiduría; sentirse esclava entre unos brazos que tuviesen la inmensa fuerza de la omnipotencia. Había gustado una pequeña parte de este placer amando á su poeta, majestuoso y sublime en algunos instantes como un ser divino; pero la simplicidad de la adolescencia no le dejó paladear este placer, y ahora, en el refinamiento de su madurez, sólo encontraba hombres como los que había conocido en Atenas, rudos y brutales unos, afeminados y burlones otros, sin la belleza severa y soberana que admiraba en las estatuas.