El pastor era Hanníbal.
III
Las danzarinas de Gades
Dos horas después del mediodía despertó Sónnica. Los oblicuos rayos del sol se filtraban entre las varillas doradas de la ventana, cubiertas por el follaje de las parras. Su luz coloreaba los vivos estucos que servían de marco á las escenas de los Juegos Olímpicos pintadas en el muro y las columnillas de mármol rosa que adornaban la puerta.
La hermosa griega arrojó al suelo las cubiertas de blanco lino de Sétabis, y su primera mirada al despertar fué para su desnudez, siguiendo con ojos cariñosos todos los contornos de su cuerpo, desde el seno hinchado por redondeces armoniosas, hasta el extremo de sus sonrosados pies.
La cabellera opulenta, perfumada y de sedosos bucles descendiendo á lo largo de su cuerpo, la envolvía como un regio manto de oro, acariciándola desde la nuca á las rodillas con un suave beso. La antigua cortesana, al despertar, admiraba su cuerpo con la adoración que habían infundido en ella los elogios de los artistas de Atenas.
Aún era joven y hermosa; aún podía hacer temblar de emoción á los hombres al terminar un banquete, mostrándose sobre la mesa desnuda como Friné. Sus manos, ávidas de embriagarse con el tacto de su hermosura, acariciaban la redonda y firme garganta; los globos de nácar terminados por un sutil pétalo de rosa, apreciando su firme elasticidad, y la tortuosa red de venillas azules que se dibujaban débilmente bajo la satinada epidermis; y después bajaban y bajaban rozando las profundas entradas del talle, las fuertes caderas, el vientre de curva suave, semejante á la de una crátera, y las piernas, cuya armoniosa redondez era comparada en otros tiempos con la trompa del elefante por los mercaderes asiáticos que la visitaban en Atenas.
El amor había pasado sobre ella su lengua de fuego sin consumirla; había vivido en medio de sus ardores fría, insensible y blanca como la estatua de mármol bajo el resplandor del sol. Y al verse joven aún, hermosa y con una frescura de virgen, sonreía satisfecha de sí misma, contenta de la vida.
—¡Odacis!... ¡Odacis!