Llegaron á la quinta de Sónnica, grande como un pueblo. Pasaron primeramente ante las viviendas de los esclavos, en cuyas puertas se agitaba un enjambre de niños desnudos de grueso abdomen y ombligo saliente como un botón. Después, las cuadras, de las cuales salía un vaho ardoroso cargado de mujidos y relinchos; los trojes, los graneros, la casa del intendente, los calabozos para los esclavos rebeldes con sus respiraderos al ras del suelo; el palomar, alta torre de ladrillos rojos, en torno de la cual aleteaba una nube de plumas blancas con incesantes arrullos; las chozas grandes de paja que servían de albergue á centenares de gallinas, y tras esta serie de edificios, la quinta de recreo, la vivienda de Sónnica, de la que se hablaba con admiración hasta en las más remotas tribus de la Celtiberia; rodeada de cipreses y laureles, circuida por muros cubiertos de retorcidas parras, y asomando por encima de la gran masa de follaje, sus paredes de color de rosa con columnatas y frisos de mármol azul y la terraza coronada por estatuas polícromas, cuyos ojos de esmalte brillaban al sol como piedras preciosas.

Acteón caminaba silencioso y preocupado. Desde hacía media hora que Ranto le hablaba sin obtener contestación.

—Mira, extranjero: todos los campos que alcanza la vista, son de Sónnica.

—Contempla, griego, cuántas gallinas. Casi todos los huevos que consume la ciudad son de aquí.

Acteón no se fijaba en las indicaciones de la pastorcilla; pero cuando ésta llamó en la puerta del jardín, y al eco del címbalo contestó en el interior un ladrido de perros y el extraño chillido de ocultas aves, el griego se dió un golpe en la frente, cual si acabara de hacer un descubrimiento.

—Ya sé quien es —dijo como si surgiera de un sueño.

—¿Quién? —preguntó asombrada la joven.

—Nadie —contestó con la frialdad del que teme haber dicho demasiado.

Pero en su interior, estaba satisfecho del descubrimiento. Recordando las palabras del mercenario libio en la taberna, había resurgido en su memoria la figura de aquel pastor celtíbero tan enigmático. De repente, se había hecho la luz en su pensamiento.

Ya sabía quién era. Por algo le habían impresionado desde el primer momento las miradas de aquel desconocido; los ojos, que no cambian nunca en el rostro por años que transcurran. Aquellos ojos los había visto muchas veces en su niñez, cuando su padre hacía la guerra en Sicilia con Hamílcar y él se educaba en Cartago.