De repente el pequeño alfarero se levantó y echó á correr, ocultándose tras la columnata del Foro.

—Es que ha visto á su padre —dijo Ranto con tranquilidad—. Por allí llega Mopso: baja de la Acrópolis.

Acteón salió al encuentro del arquero.

—Ha bastado mi palabra para que te admitiese el Senado. La ciudad necesitará pronto buenos soldados como tú. Los ancianos mostrábanse algo alarmados esta mañana. Temen á Hanníbal, ese lobezno de Hamílcar, que acaudilla ahora los cartagineses y no llevará con calma nuestra amistad con los romanos y el castigo de los aliados que tenía aquí... Toma: esto es el adelanto que te hace la República.

Y entregó á Acteón un puñado de monedas que el griego guardó en su bolsa. Después quiso llevarle á su casa: conocería á sus hijos, comería con ellos; pero el ateniense no aceptó, alegando su invitación al banquete de Sónnica.

Al alejarse el arquero, Acteón sintió el tormento de la sed, y recordando las recomendaciones del filósofo, entró en la casa de aquel romano cuyo vino de Laurona tanto entusiasmo inspiraba á Eufobias. Cambió en el mostrador un victoriato y le dieron una pátera de barro rojo en forma de barca llena de un vino negro coronado de brillantes burbujas. Dos soldados bebían en un rincón de la taberna; dos rudos mercenarios, con caras de bandidos. El uno era un ibero; el otro, de tez tostada y formas atléticas, parecía un libio, y sus mejillas, encallecidas por el casco, así como el cuello y los brazos, surcados por cicatrices, delataban al guerrero á sueldo que peleaba con indiferencia desde la niñez, lo mismo al servicio de un pueblo que al del contrario.

—Yo estoy al servicio de Sagunto —decía el libio—. Estos mercaderes pagan mejor que los de Cartago. Pero créeme, aunque satisfecho de servir á este pueblo, reconozco que se mete en mala aventura disgustando á Hanníbal. Mucho vale Roma: pero Roma está lejos, y ese cachorro de león se despereza á pocas jornadas de aquí. Hay que conocerlo, haberlo visto desde niño como yo, cuando militaba á las órdenes de su padre Hamílcar. Corre como una yegua, lo mismo combate á pie que á caballo, come lo que hay ó no come; va vestido como un esclavo; todo su lujo está en las armas; duerme en el suelo, y muchas veces, al amanecer, lo encontraba su padre tendido entre los centinelas del campamento. No quiere que le cuenten nada: necesita verlo todo por sus propios ojos, mezclarse con los enemigos para estudiar de cerca su punto flaco. Muchas veces, Hasdrúbal, el marido de su hermana, se asombraba al ver entrar en su tienda á un viejo mendigo, y reía á carcajadas contemplando cómo se arrancaba Hanníbal la peluca y los harapos, bajo los cuales había pasado algunas horas entre los enemigos.

Acteón salió de la taberna apresuradamente al ver que Ranto, después de entregar sus cántaros á un esclavo que los cargaba en su carreta, emprendía la marcha hacia la quinta de Sónnica.

—Iré contigo, pequeña. Me servirás de guía hasta la casa de tu señora.

Comenzaba á descender el sol. La luz de la tarde doraba el follaje del agro, dando á las hojas de las vides una transparencia de ámbar. En los caminos de la campiña, sonaban las esquilas del ganado, el chirrido de las carretas y el canto soñoliento de los rústicos que volvían de la ciudad.