—Tú, ateniense —continuó el filósofo— debes presentarte á Sónnica; te recibirá bien... No eres un efebo —continuó sonriendo burlonamente—; te blanquea la barba, pero tienes en tu figura la arrogancia de un rey de la Iliada, en la frente algo de la majestad de Sócrates; y ¿quién sabe si podrás ser el heredero de las riquezas de Bomaro? Si esto llega, no olvides al pobre filósofo; me contento con un odre de vino de Laurona, ya que ahora me condenas á la sed.
Y Eufobias reía, golpeando á Acteón en los hombros.
—Estoy invitado al banquete de Sónnica esta noche —dijo el griego.
—¡Tú también!... Allí nos veremos. Á mí no me invitan, pero entro con el mismo derecho que un perro de la casa.
El filósofo vió pasar por el centro del Foro á Alco, el pacífico ciudadano, que bajaba de la Acrópolis.
—Ése es uno de los pocos buenos que hay aquí. Me ensalza la virtud, me aconseja que trabaje olvidando la filosofía y encima me da siempre para beber. Hasta la noche, extranjero.
Y corrió hacia Alco que, apoyado en su báculo, le veía venir con bondadosa sonrisa.
Acteón, viéndose solo otra vez, vagó por el centro del mercado. De pronto oyó á su espalda una voz infantil que le llamaba. Era Ranto, sentada en el suelo entre los cántaros de leche ya vacíos, vendiendo sus últimos quesos. Junto á ella estaba en cuclillas el pequeño alfarero. Comían una galleta dura con unas cebollas frescas y jugosas y se disputaban cariñosamente los bocados entre grandes risas. La pastorcilla ofreció á Acteón un pedazo de queso y una torta y el griego aceptó con el reconocimiento del hambre. Parecía que era su destino recibir en Sagunto el sustento de manos femeninas. Dos veces le habían socorrido las mujeres desde que desembarcó.
Sentado entre los dos adolescentes, veía poco á poco despoblarse el mercado. Los pastores picaban sus rebaños hacia la puerta del Mar; los jefes celtíberos, llevando sus mujeres á la grupa de los caballos, emprendían el galope con el deseo de verse pronto en las aldeas de la montaña, y las carretas vacías rodaban perezosamente hacia los vicos y torres del agro saguntino.
Acteón vió de nuevo al pastor celtíbero bajo los pórticos, yendo de grupo en grupo como un rústico torpe, enterándose de todas las conversaciones. Al pasar por cerca del griego le miró con aquellos ojos enigmáticos que despertaban en él un recuerdo indeterminado.