Mirrina reía escuchándole; pero en su interior se sentía conmovida por la abnegación cariñosa del ibero que, para unirse á ella eternamente, saltaba por encima de un pasado vergonzoso en el dicterión y el Cerámico. La cortesana resistió con sonrisa burlona tales proposiciones; pero Bomaro era tenaz. ¿No estaba cansada de aquella vida, de verse agasajada como un objeto de gran precio, pero despreciada muchas veces por las gentes groseras que se creían señores de ella con sólo presentar su oro? ¿No le gustaba ser una soberana en las costas de Iberia, rodeada de un pueblo que admiraría sus talentos de ateniense?...

Bomaro la venció con su tenacidad amorosa, y un día las cortesanas de Atenas vieron con asombro como era vendida la casa de la calle de los Trípodes, y como las esclavas de Mirrina llevaban al puerto las riquezas amontonadas en tres años de loca fortuna, depositándolas en las naves del ibero, que había puesto en los mástiles sus velas de púrpura para un viaje triunfal.

La cortesana, deseando tranquilizar á aquel hombre que tan por completo se entregaba á ella, quiso dejar en Atenas todo su pasado. Se propuso ser una mujer nueva, olvidar su vergonzoso nombre, y después de hacer repetir á Bomaro los nombres más hermosos de las mujeres ibéricas, escogió el de Sónnica, por ser el más grato á su oído.

Al llegar á Zazintho, el navegante y la griega se unieron en el templo de Diana ante todo el Senado, al que pertenecía el joven. La ciudad experimentó los efectos de aquel encanto que parecía emanar de la persona de Sónnica. Era como un soplo de la lejana Atenas que enloquecía á los comerciantes griegos de Sagunto, embrutecidos por su larga permanencia entre bárbaros.

En los banquetes, cuando á la hora de los vinos dulces cantaba ella los himnos de los grandes maestros, toda la juventud saguntina del barrio griego sentíase impulsada á caer á sus pies, adorándola como una diosa. Al año de unión, Bomaro sintió en su fortuna el apoyo de aquella mujer, que al cambiar de vida, se interesaba por las cosas materiales, deseosa de acallar las murmuraciones de las ciudadanas virtuosas que hablaban de su pasado de cortesana dilapidadora.

Vigilaba de lejos los trabajos del campo, los grandes rebaños, las fábricas de alfarería; iba á presenciar la llegada de las naves, y la enorme fortuna de Bomaro se aumentó, resultando excelentes todos los negocios que aconsejaba ella con su voz lenta y armoniosa, tendida bajo un bosquecillo de laureles de su jardín y acariciada por el abanico de plumas de una esclava.

Bomaro, después de satisfechas sus más vehementes ansias de amor, navegaba por las costas de Iberia, tranquilo de la buena marcha de sus asuntos y deseando acrecentar aún más aquella fortuna que tan bien administraba Sónnica. Ésta se había rodeado de una corte de jóvenes, á los que trataba como una maestra: la juventud griega nacida en Sagunto, la seguía para aprender los modales y costumbres de Atenas, que eran su perpetuo ensueño. Los maldicientes de la ciudad la llamaban Sónnica la cortesana, pero la plebe que recibía sus auxilios, y los pequeños comerciantes que jamás acudían á ella sin resultado, la titulaban Sónnica la rica, y eran capaces de pelearse con los que hablaran mal de ella.

Un invierno, á los cuatro años de unión, Bomaro pereció en un naufragio cerca de las columnas de Hércules, y Sónnica se vió dueña absoluta de una inmensa fortuna y señora de toda una ciudad, sobre la que imperaba por su riqueza y su buen corazón. Libertó esclavos en memoria del infortunado navegante, envió ofrendas valiosas á todos los templos de Sagunto, alzó en la Acrópolis un monumento funerario en memoria de Bomaro, haciendo venir para ello marmolistas de Atenas. Con sus liberalidades se hizo perdonar su origen, logrando que la ciudad, huraña y de costumbres austeras, tolerase su vida alegre y desenfadada, que era una resurrección de las costumbres atenienses en medio de la sobriedad ibérica.

Pasado el luto de la viudez, dió cenas en su casa de campo, que duraron hasta el alba; hizo venir del Ática famosas aulétridas que con las flautas enloquecían á la juventud saguntina; sus naves emprendían viajes sin más objeto comercial que traerla raros perfumes del Asia, telas de Egipto y caprichosos adornos de Cartago; y su fama se extendió tanto tierra adentro, que algunos reyecillos de la Celtiberia llegaban á Sagunto con el deseo de conocer aquella mujer asombrosa, sabia como un sacerdote y hermosa como una deidad. Los griegos admirábanla, viendo acrecerse con ella la influencia de su raza sobre los primitivos saguntinos, que la elogiaban por su desinterés. Y así vivía: sin entrar en su casa otras mujeres que las esclavas, flautistas y danzarinas; rodeada de hombres que la deseaban, pero sin entregarse á ninguno de ellos; tratándolos con una franqueza varonil, permitiéndose enloquecedoras intimidades, pero sin llegar nunca á la regia limosna de su cuerpo; y pensando siempre en Atenas, la ciudad luminosa que guardaba su pasado, y cuyas costumbres intentaba resucitar.

Eufobias el filósofo, al llegar á este punto de su relación, afirmaba con gran energía la pureza de Sónnica. Á pesar de lo que dijeran las griegas del barrio de los mercaderes, Sónnica no tenía amantes: lo afirmaba él, que era la peor lengua de la ciudad. Varias veces se había sentido inclinada hacia alguno de sus comensales. Alorco, el hijo de un reyecillo de la Celtiberia que vivía en Sagunto y frecuentaba mucho su casa, había causado en ella alguna impresión con su belleza varonil y fiera de hijo de las montañas. Pero en el momento decisivo retrocedía Sónnica, como quien teme descender y confundirse con una raza inferior. El recuerdo del Ática ocupaba por completo su imaginación. Si hubiese abordado á aquellas costas algún joven ateniense, bello como Alcibíades, cantando versos, modelando estatuas y mostrando habilidades y destrezas como en los Juegos Olímpicos, tal vez hubiera caído en sus brazos; pero su castidad continuaba segura entre los celtíberos arrogantes que iban á todas las fiestas oliendo á caballo y con la espada en el flanco, ó los afeminados hijos de comerciantes, rizados, chorreando perfumes y acariciando á los pequeños esclavos que les acompañaban en el baño.