Muy pocos lograban entrar en la casa de la famosa cortesana. Murmurábase que algunas noches, en momentos de fastidio, había abierto su puerta á jovenzuelos de los que modelaban sus primeras estatuas en los jardines de la Academia ó recitaban sus versos desconocidos á los desocupados del Ágora; gente que sólo podía disponer para el amor de algunos óbolos ó cuando más de un dracma. Pero en cambio, los ricos que ofrecían estateras de oro ó varias minas por entrar en la casa, se consideraban demasiado pobres para cumplir sus deseos. Las cortesanas viejas se contaban al oído con cierto respeto que un reyezuelo de Asia, de paso en Atenas, había dado á Mirrina por una noche dos talentos —lo que gastaba al año cualquier república de Grecia— y que la hermosa hetaria, sin conmoverse ante tal fortuna, sólo le había permitido estar junto á ella el tiempo que tardó en vaciarse su clepsydra, pues hastiada de los hombres, medía el amor por el reloj de arena.

Los mercaderes fabulosamente ricos, al llegar al Pireo, buscaban relaciones de amistad para entrar en casa de Mirrina. Abrumaban con presentes á los artistas vagabundos que eran amigos de la cortesana para ser admitidos en sus cenas, y más de uno, llegado días antes al puerto con una flota cargada de ricas mercancías, las vendía antes de descargar las naves para quedarse en la casa del poeta, y regresaba á su país embarcado de limosna, satisfecho de su miseria al ver la envidia y el respeto que inspiraba á sus compañeros.

Así conoció á Bomaro, un joven ibero, mercader de Zazintho, que había llegado á Atenas con tres naves cargadas de cueros. La cortesana se sintió atraída por su dulzura, que contrastaba con la rudeza de los otros negociantes; encanallados por la vida de los grandes puertos. Hablaba poco y ruborizándose, como si el mutismo de las largas permanencias en el mar le hubiesen dado una timidez de virgen: si le obligaban á contar sus aventuras de navegante, lo hacía con sencillez, sin mencionar los peligros arrostrados, y ante la cultura de los griegos mostraba una admiración infantil.

Mirrina, durante la cena en que le vió por primera vez, sorprendió sus ojos fijos en ella, con la misma expresión de ternura y respeto que si mirase á una diosa de imposible posesión. Aquel navegante, educado entre bárbaros, en una colonia remota que apenas si guardaba vestigios de la madre Grecia, comenzó á interesar á la cortesana más que los jóvenes atenienses y los opulentos mercaderes que la rodeaban. Trémulo y balbuciente, pidió la limosna de una noche, y la pasó junto á ella con más admiración que placer, adorando su regia desnudez, enterneciéndose al oir su voz que le adormecía con un cálido arrullo maternal, acompañándose con la lira.

Al despertar quiso entregarla una fortuna, el producto de todo su cargamento; pero Mirrina, sin saber por qué, se negó á aceptarlo, á pesar de sus protestas. Él era rico, no tenía padres; allá lejos, en aquel país de bárbaros, poseía inmensos rebaños, centenares de esclavos, que cultivaban sus campos ó trabajaban en las minas; grandes fábricas de alfarería y muchas naves, como las tres que le aguardaban en el Pireo. Y viendo que la cortesana, con sonrisa bondadosa, le trataba como á un niño generoso, negándose á aceptar su dinero, compró en la calle de los Orfebres un prodigioso collar de perlas que era la desesperación de todas las hetarias, y lo envió á Mirrina antes de partir.

Después volvió muchas veces. No se decidía á regresar á su país. Se hacía á la vela con su flotilla, pero en el primer puerto que encontraba, admitía cargamento para Atenas sin fijarse en el precio, y apenas tocaba en el Pireo, corría á casa de la cortesana, no decidiéndose á partir hasta que sospechaba en Mirrina el hastío de su presencia.

La cortesana acabó por acostumbrarse á aquel amante sumiso, siempre á sus pies, que deseaba morir por ella, mostrando su adoración con un apasionamiento de bárbaro, tan distinto de la escéptica y burlona cortesía de los atenienses. Llamábale hermanito, y esta palabra, que las hetarias usaban con los amantes jóvenes, tomaba poco á poco en sus labios un calor de sincero cariño. Cuando tardaba en regresar de sus viajes á las islas, ansiaba su presencia, y apenas le veía en la puerta, corría á él con los brazos abiertos, en un arranque de alegría jamás visto por los otros amigos.

No le amaba como al poeta; pero la sumisión apasionada de Bomaro, su amor respetuoso y dócil, tan distinto de los apetitos que inspiraba á los demás, despertaban en Mirrina un sentimiento de gratitud.

Una noche, el ibero que parecía preocupado, osó tras muchas vacilaciones exponerla su pensamiento.

No podía vivir sin ella; jamás volvería á Zazintho; había resuelto perder sus riquezas antes que dejar de verla. Prefería ser descargador en el muelle de Faraleo... Y á continuación, como quien toma carrera para salvar más pronto el obstáculo, la propuso apresuradamente hacerla su esposa, entregarla su fortuna, llevarla allá, al risueño Zazintho, de campos floridos y montañas de color de rosa, tan semejantes á las del Ática.