Mirrina adivinó en él á un ciudadano distinguido que salía de un banquete. Era el poeta Simalión, joven aristócrata, que había ganado una corona en los Juegos Olímpicos, y en el que Atenas veía resucitar la inspiración de Anacreonte. Las hetarias más hermosas cantaban sus versos en los banquetes al son de la lira, y las virtuosas ciudadanas los murmuraban en la soledad del gineceo, enrojeciendo de emoción. Las más famosas beldades de Atenas se disputaban al poeta, y éste, enfermo en plena juventud, como si no pudiera resistir el peso de la adoración mundana, refugiábase en el templo de Esculapio cuando la tos le hacía escupir sangre; iba en peregrinación á las fuentes milagrosas de toda la Grecia y sus islas; y apenas se sentía con fuerzas y una nueva sangre circulaba por su cuerpo, despreciaba á los médicos y corría otra vez á los banquetes con los negociantes y los artistas del Ática, entre hetarias famosas y gentiles aulétridas, rodando de los brazos de una á los de otra, pagando las caricias con versos que repetía luego la ciudad, siempre ardiente y consumiendo su vida como la antorcha que en las nocturnas fiestas de Dionisios se pasaba la cadena de bacantes de mano en mano, hasta perderse en lo infinito.
Á la salida de una de estas orgías, encontró á Mirrina, y al contemplar á la luz de la luna aquella belleza fresca, entera y casi infantil, en un lugar frecuentado por las inmundas lobas, se llevó las manos á los ojos como si temiera ser engañado por la turbación de la embriaguez. Era Psiquis con los pechos firmes y redondos como una taza de armoniosa curva; con sus líneas correctas y suaves que hubieran desesperado á los escultores de la Academia; y el poeta experimentó la misma satisfacción que, cuando tras una tarde de paseo solitario desde Atenas al puerto, á lo largo de la muralla de Temístocles, encontraba el último verso de una oda.
Ella quiso arrastrarle al antro de la thesaliana, pero Simalión, deslumbrado por las carnes de marfil que parecían brillar entre los harapos, la condujo á su hermosa casa de la calle de los Trípodes, y allí quedó Mirrina como señora, con esclavas y lujosos trajes.
Esta hazaña del poeta asombró á toda Atenas. En el Ágora y en el Cerámico, sólo se hablaba de la nueva amante de Simalión: gozaba el éxito de la piedra preciosa olvidada y perdida en la arena, que de repente brilla sobre la frente de un poderoso.
Las grandes hetarias, que nunca habían logrado conquistar por completo al veleidoso poeta, se asombraban al verle unido estrechamente á una jovenzuela salida de un dicterión, que recordaban muchos aventureros del Pireo. La llevaba en su carro, guiando tres caballos de recortadas crines, á todas las grandes fiestas en los templos del Ática; componía por las mañanas versos en su honor y la despertaba recitándolos, entre una nube de flores que dejaba caer sobre su lecho. Daba banquetes á los artistas amigos para gozarse en su envidia y su admiración cuando á los postres la hacía exhibirse desnuda sobre la mesa, con toda la magnificencia de su belleza pura, que causaba en aquellos griegos una emoción religiosa.
Fiel á Simalión por agradecimiento al principio y enamorada después del poeta y sus obras, Mirrina le adoraba como maestro tanto como amante. En poco tiempo aprendió á tañer la lira y á recitar los versos en todos los estilos conocidos, y leyó la biblioteca de su amante, hasta el punto de poder hacer frente á los convidados de aquellas cenas de artistas y ser citada entre las hetarias más ingeniosas de Atenas.
Simalión, cada vez más entusiasmado con su amante, derrochaba la vida y la fortuna. Hacía traer para ella del Asia mantos sutiles bordados de fantásticas flores, que transparentaban el nácar de su cuerpo; polvo de oro para cubrir sus cabellos, haciéndola semejante á las diosas que los poetas y los artistas de Grecia pintaban siempre rubias; encargaba á los navegantes que comprasen rosas de Egipto de asombrosa frescura, y cada vez más macilento, la piel terrosa y la mirada de fuego, tosiendo y encorvándose entre los brazos de su amante, veía disminuir sus fuerzas.
Así pasó dos años, hasta una tarde de otoño en que, tendido sobre el césped de su jardín, con la cabeza apoyada en las rodillas de la hermosa, oyó por última vez sus versos, cantados por la fresca voz de Mirrina, siguiendo el aleteo de los blancos dedos sobre las cuerdas de la lira. El sol poniente hacía brillar en lo más alto de la ciudad como una ascua la lanza de la Minerva del Parthenón; su mano de niño apenas si podía sostener la copa de oro llena de vino con miel. Hizo un esfuerzo para besar á su amante; las rosas que le coronaban se deshojaron, cubriendo con una lluvia de pétalos el pecho de Mirrina, y lanzando un quejido de mujer cerró los ojos, cayendo sobre aquel regazo, en el que había dejado los últimos restos de su vida.
La joven le lloró con desesperación de viuda. Cortó su espléndida cabellera para depositarla como una ofrenda sobre su tumba, y arrinconando los deslumbrantes trajes, vistió de lana obscura, como las atenienses de gran virtud, permaneciendo recluída en su casa silenciosa y cerrada como un gineceo.
La necesidad de vivir, de sostener aquel lujo al que estaba acostumbrada, de tener un carro y esclavas y palafreneros, la hicieron pensar en su hermosura, y las hetarias más célebres se alarmaron ante la nueva rival. Cubierta con una peluca de rojo obscuro para disimular la tonsura del dolor, y envuelta en finos velos, de los que surgían su garganta redonda cubierta de perlas y los brazos frescos y alabastrinos cargados hasta los hombros de brazaletes, se mostraba en una ventana alta de su casa con la grave majestad de una diosa que aguarda el culto. Los más ricos de Atenas deteníanse al anochecer en la calle de los Trípodes, para contemplar á la viuda del poeta, como la llamaban con sorna las del Cerámico. Algunos, más osados ó trémulos de deseo, levantaban el índice como una pregunta muda; pero en vano esperaban que ella contestase afirmativamente con el ademán acostumbrado de las hetarias, cerrando el pulgar y el índice en forma de anillo.