Antes de ser mujer, fué la amante del amo del buque, un piloto de Samos que, cansado de ella ó por la tentación del negocio, la vendió una noche á un beocio que tenía un dicterión en el Pireo. Aún no había cumplido doce años, y la pequeña Sónnica llamaba la atención entre las dicteriadas que pululaban por la noche en el Pireo, principal centro de la prostitución ateniense.

La población flotante de la ciudad, compuesta de extranjeros, jugadores y jóvenes arrojados de su casa por los severos padres, congregábase en aquel suburbio de Atenas que rodeaba los puertos del Pireo y Faraleo y formaba el arrabal de Estirón. Apenas cerraba la noche, todo este mundo bullicioso y corrompido se reunía en la gran plaza del Pireo, entre la ciudadela y el puerto, y comenzaban á circular las prostitutas, que con la llegada de las sombras, adquirían libertad para salir de los dicteriones en que las tenían recluídas. Bajo los pórticos de la plaza, lanzaban sus dados los jugadores, disputaban los filósofos errantes, dormían los vagabundos, se contaban sus viajes los marineros; y por entre esta confusión de gentes diversas, pasaban las dicteriadas con el rostro pintado, casi desnudas ó con mantos rayados de fuertes colores que revelaban su origen africano y asiático. Allí creció y se educó la joven hija de Chipre, buscando todas las noches un mercader de trigos de Bitinia ó un exportador de cueros de la Gran Grecia, gente ruda y alegre que antes de volver á su país querían gastar algo de sus ganancias con las cortesanas de Atenas. De día, permanecía presa en el dicterión, una casa de aspecto sórdido, sin más adorno en la fachada que un enorme falo que servía de muestra al establecimiento; con la puerta abierta á todas horas, sin el perro encadenado que tenían las demás viviendas, y mostrando apenas se levantaba la gruesa cortina de lana, el patio descubierto, en el cual, junto á las entradas de las habitaciones, estaban en cuclillas ó tendidas sobre las baldosas todas las mercancías de la casa; mujeres gastadas y consumidas por el fuego del amor y niñas apenas llegadas á la pubertad; todas desnudas, contrastando la piel obscura y aterciopelada de las egipcias con la tez pálida de las griegas y la blanca y sedosa de las asiáticas.

Sónnica, que entonces se llamaba Mirrina (el nombre que la habían dado los marineros), se cansó de la vida del dicterión. Eran todas allí unas esclavas, á las que el beocio apaleaba cuando dejaban partir descontento á un parroquiano. La repugnaba tomar los dos óbolos marcados por las leyes de Solón, de aquellas manos callosas que herían al acariciar, y le causaba náuseas la gente soez y brutal, de todos los países del mundo, que llegaba en busca del placer y partía ahita, siendo renovada inmediatamente por otra, y por otra, como un incesante oleaje de deseos excitados por la soledad del mar, repitiendo iguales caprichos é idénticas exigencias.

Una noche visitó por última vez el templo de Venus Pandemos, levantado por Solón en la gran plaza del Pireo y depositó un óbolo como última ofrenda ante las estatuas de Venus y su compañera Pitho, las dos divinidades de las cortesanas, ante las cuales iba muchas veces con sus amantes del momento, antes de entregarse á ellos en la orilla del mar, ó junto al extenso muro construído por Temístocles para unir el puerto con Atenas. Después huyó hacia la ciudad, ansiando libertad y placeres, con el deseo de ser una de aquellas hetarias atenienses cuyo lujo y hermosura había admirado desde lejos.

Vivía como las cortesanas libres y pobres, á las que la juventud ateniense llamaba lobas por sus gritos. Pasaba al principio días enteros sin comer, pero se consideraba más feliz que sus antiguas compañeras del puerto de Faraleo ó del arrabal de Estirón, esclavas de los dueños de los dicteriones. Su mercado era ahora el Cerámico, un vasto arrabal de Atenas, á lo largo de la muralla, entre las puertas del Cerámico y la Dipila, en la cual estaban el jardín de la Academia y las tumbas de los ciudadanos ilustres muertos por la República. De día, iban allí las grandes hetarias ó enviaban sus esclavas para ver si sus nombres estaban escritos con carbón en la muralla del Cerámico. El ateniense que deseaba á una cortesana, escribía el nombre de ella junto con la cantidad ofrecida, y si ésta era del gusto de la hetaria, aguardaba al pie de la inscripción la llegada del que hacía la oferta. Á la luz del sol, ostentábanse allí las grandes cortesanas casi desnudas, con sandalias de púrpura, envueltas en mantos de flores y llevando sobre sus cabelleras espolvoreadas de oro coronas de frescas rosas. Los poetas, los retóricos, los artistas y los grandes ciudadanos, paseaban por los verdes bosquecillos del Cerámico ó bajo los pórticos adornados de estatuas, discutiendo con las cortesanas y teniendo que poner en tortura su ingenio para hacer frente á sus réplicas.

Al llegar la noche, una invasión de mujeres miserables y haraposas llenaba el paseo, esparciéndose por entre las tumbas de los grandes ciudadanos. Era la hez del placer ateniense que vivía en libertad y buscaba la sombra: viejas cortesanas que, confiadas en la noche, salían á conquistar el pan en aquel mismo lugar donde en otros tiempos habían reinado con el poder de la hermosura; dicteriadas fugitivas; esclavas que huían por algunas horas de la casa del amo, y mujeres de la plebe que buscaban en la prostitución un alivio á su miseria. Agazapadas tras las tumbas, entre los bosques de laureles, permanecían inmóviles como esfinges, y apenas los pasos de un hombre turbaban el silencio del Cerámico, salían de todos lados débiles aullidos llamando al recién llegado. Muchas veces huían en loca carrera al reconocer á un encargado de cobrar el Pornicontelos, impuesto establecido por Solón sobre las cortesanas, y que era la mejor renta de Atenas. Á media noche, el transeunte que atravesaba el Cerámico, de vuelta de un banquete, sentía en torno la agitación y los suspiros de un mundo invisible, que parecía removerse sobre el césped y la blanda arena. Los poetas decían riendo que eran los manes de los grandes ciudadanos que gemían en sus profanadas tumbas.

Así vivió Mirrina hasta los quince años, pasando la noche en el Cerámico y el día en la casucha de una vieja de Thesalia que, como todas las de su país, gozaba gran fama de hechicera y lo mismo ayudaba á los partos que vendía filtros amatorios á las cortesanas y retocaba los rostros á las que estaban en decadencia.

¡Qué de cosas aprendió allí la pequeña loba al lado de la vieja, huesuda y fea como una Parca! Le ayudaba á moler el albayalde, que mezclado con cola de pescado rellenaba las arrugas del rostro; preparaba la harina de habas para untarse los pechos y el vientre, dejando la piel con una tersa tirantez; llenaba frasquitos de antimonio para dar brillo á los ojos; liquidaba el carmín para colorear con ligeros toques las grietas cubiertas de pasta y escuchaba con profunda atención los sabios consejos con que la vieja guiaba á sus pupilas, á fin de que mostraran con todo su relieve las perfecciones particulares y disimulasen los defectos. La vieja thesaliana aconsejaba á las pequeñas de cuerpo gruesas suelas de corcho dentro del calzado y á las altas, sandalias ligeras y hundir la cabeza entre los hombros; fabricaba rellenos para las flacas, armazones de ballenas para las obesas; teñía de hollín las canas, y á las que tenían buena dentadura las obligaba á llevar un tallo de mirto entre los labios, aconsejándolas que riesen á la menor palabra.

La joven poseía de tal modo su confianza, que la ayudaba en la parte más peligrosa de su ciencia: la confección de filtros amatorios y la fabricación de hechizos, que más de una vez la habían hecho ser perseguida por los oficiales del Areópago. Las hetarias más ricas la consultaban para sus deseos y venganzas, y ella las prestaba sus conocimientos. Para lograr la impotencia de un hombre ó la esterilidad de una mujer no había más que darles una copa de vino en la que se hubiese ahogado un barbo; para atraer á un amante olvidadizo se quemaba en un fuego de ramas de tomillo y de laurel una torta de harina sin levadura; y para convertir en odio el amor no había más que seguir al hombre, pisando sus huellas al revés, colocando el pie derecho donde él había puesto el izquierdo y murmurar al mismo tiempo: «Estoy sobre tí, te pisoteo.» Si había que hacer volver á un amante hastiado, la vieja rodaba una bola de bronce que llevaba en el seno, pidiendo á Venus que del mismo modo hiciese rodar el amante por el umbral de la puerta, y si no surtía efecto el conjuro, se arrojaba en el brasero mágico la imagen en cera del ser querido, pidiendo á los dioses que derritiesen de amor el corazón helado, así como se derretía su figura. Y junto con estos hechizos, rodeados de invocaciones misteriosas, iban los filtros compuestos con hierbas afrodisíacas y excitantes, que muchas veces causaban la muerte.

Una noche de primavera, á la luz de la luna, Mirrina tuvo un encuentro en el Cerámico, que la hizo abandonar el antro de la thesaliana. Sentada tras una tumba, su aullido suave y débil como un lamento, atrajo á un hombre envuelto en un manto blanco. Por el brillo de sus ojos y la inseguridad de sus pies parecía ebrio. En la cabeza llevaba una corona de rosas ajadas.