—Tú sólo mereces oirme. Bien se conoce que eres de allá y sabes distinguir el mérito.

—¿Quién es esa Sónnica que tanto te indigna por sus costumbres? ¿Sabes su vida? —preguntó el ateniense con el deseo de conocer el pasado de una mujer que con su nombre parecía llenar toda la ciudad.

—¿Que si la sé? Mil veces me la ha contado en sus ratos de melancolía y fastidio, que son los más; cuando yo no logro hacerla reir con mi saber, y ella siente la necesidad de abandonarse, hablándome de su pasado con tanto descuido como si conversase con su perro. Es historia larga.

Se detuvo el filósofo y guiñó un ojo, señalando una puerta inmediata en la cual un mostrador agujereado sostenía una fila de ánforas.

—En casa de Fulvius estaremos mejor. Es un romano honradísimo que jura haber reñido con el agua. Anteayer recibió un famoso vino de Laurona. Desde aquí percibo su perfume.

—No tengo ni un óbolo en la bolsa.

El filósofo, que contraía la nariz como si aspirase el vaho del mosto, hizo un gesto de desaliento. Después miró con cariño al griego.

—Tú eres digno de oirme. ¡Pobre como yo, en medio de estos mercaderes que abarrotan de plata sus bodegas!... Ya que no hay vino, paseemos: esto aclara las ideas. Te trataré como Aristóteles á sus discípulos predilectos.

Y paseando á lo largo del pórtico, Eufobias comenzó á relatar lo que sabía de la vida de Sónnica.

Creía haber nacido en Chipre, la isla del amor para los navegantes. En aquellas playas, de cuyas espumas hicieron nacer los poetas la triunfante belleza de Venus Afrodita, las mujeres de la isla corren por la noche en busca de los marineros para prostituirse en memoria de la diosa. De uno de estos encuentros con un remero, había nacido Sónnica. Recordaba vagamente los primeros años de su niñez, correteando por la cubierta de una nave; saltando de un banco á otro de los remeros, alimentada y despreciada como los gatos de á bordo, visitando muchos puertos poblados de gentes diversas en trajes, costumbres é idiomas; pero viéndolo todo de lejos y vagamente como las imágenes de un sueño, sin poner nunca el pie en tierra firme.