—¡Cómo reirás, extranjero, al ver esos infelices que torpemente creen imitar á tu país! —continuó vociferando aquel energúmeno con aspecto de mendigo—. Yo soy filósofo, ¿sabes? El único filósofo de Sagunto, y con esto adivinarás que este pueblo ingrato me deja morir de hambre. De joven estuve en Atenas, asistí á sus escuelas y dejé de ser marinero y correr el mundo para buscar en mí mismo la verdad. No he inventado nada, pero sé cuanto han dicho los hombres sobre el alma y el mundo, y si quieres te recitaré de memoria párrafos enteros de Sócrates y de Platón y todas las contestaciones del gran Diógenes. Conozco tu país y me avergüenzo por mi ciudad al ver á tales necios... ¿Sabes quién es el culpable de estas ridiculeces que nos deshonran? Pues Sónnica, esa Sónnica que llaman la rica, antigua cortesana que acabará por convertir Sagunto en un dicterión, destruyendo las tradiciones de la ciudad, las costumbres rudas y sanas de otros tiempos.
Al oir el nombre de Sónnica se elevó del grupo un murmullo de protesta.
—¿Los ves? —gritó el filósofo cada vez más enfurecido—. Son esclavos aduladores que tiemblan ante la verdad. El nombre de Sónnica les causa el mismo efecto que el de una diosa. ¿Ves ese que huye? Pues á su padre le prestó Sónnica hace pocos días una fuerte cantidad sin interés alguno para que comprase trigos en Sicilia, y por esto cree que debe huir de donde se diga algo contra ella. Mira ese que vuelve la espalda. La cortesana libertó á su padre que era esclavo, y no quiere oir nada que moleste á Sónnica. Y estos otros, que más valientes se quedan y me miran como si fuesen á devorarme, todos han recibido favores de ella, y serían capaces de pegarme como otras veces por mis palabras. Son esclavos que la defienden cual si fuese una divinidad benéfica. Como ellos son muchos en Sagunto, y por esto los magistrados no osan castigar á esa griega, que con sus extravagancias de loca escandaliza la ciudad. Vaya, pegadme, mercaderes: golpead al único que no miente en Sagunto.
Los del grupo se alejaban, dejando al filósofo que bracease lanzando gritos de indignación.
—Lo que debías hacer —dijo con desprecio uno de los últimos al retirarse— es mostrar más agradecimiento. Si comes algún día, es en la mesa de Sónnica.
—¡Y comeré esta noche! —gritó el filósofo con insolencia—. ¿Qué demuestras con eso? ¡Y le diré en su cara lo mismo que digo aquí!... ¡Y ella reirá como siempre, mientras vosotros comeréis bazofia en vuestras casas, pensando en su banquete!...
—¡Ingrato! ¡Parásito! —dijo aquel hombre volviéndole las espaldas con desprecio.
—La gratitud es condición de perro; el hombre demuestra su superioridad hablando mal de quien le favorece... Si no queréis que Eufobias el filósofo sea parásito, mantenedle á cambio de su sabiduría.
Pero Eufobias hablaba en el vacío. Todos se habían retirado, confundiéndose en los grupos inmediatos. Sólo Acteón estaba junto á él, examinándolo con interés, como admirado de encontrar en una ciudad lejana un hombre tan semejante á los que en Atenas pululaban en torno de la Academia, formando la plebe filosófica hambrienta y obscurecida.
El parásito, al verse sin más público que el griego, se agarró de su brazo.