Acteón vió entre ellos un gigante de negra barba y cabello corto y ensortijado, que formaba sobre su cabeza como una mitra de lana. Sus miembros enormes, de salientes músculos y tirantes tendones que parecían próximos á estallar, asomaban por las aberturas del rojo manto en que se envolvía.
—Ése es Therón —dijo el arquero—, el gran sacerdote de Hércules; un hombre prodigioso, que conquistaría una corona en los Juegos Olímpicos. Mata un toro con solo descargarle el puño en la cerviz.
El griego creyó ver otra vez entre la gente que se reunía cerca del Senado, al pastor celtíbero, contemplando con interés al gigantesco sacerdote de Hércules. Pero el arquero le hablaba y hubo de volver su vista á él.
—Va á comenzar el consejo y debo estar al pie de las gradas esperando órdenes. Márchate, Acteón, y espérame en el Foro. Allí encontrarás á mi pequeño. ¿No dices que le viste en el camino? De seguro que iría con esa esclava que guarda las cabras de Sónnica. No titubees, Acteón, no mientas. Lo adivino... ¡Ah, ese pequeño! ¡Ese vagabundo que en vez de trabajar corre los campos como un esclavo fugitivo!...
Y á pesar de la gravedad con que se lamentó el arquero, notábase en su acento un temblor de ternura, la predilección que le inspiraba sobre sus demás hijos aquel artista errante y caprichoso que á veces abandonaba la casa paterna para corretear por el puerto y por los montes semanas enteras.
Se despidieron los dos griegos y Acteón volvió al Foro, no sin que antes creyese ver de nuevo, vagando por la Acrópolis, al misterioso pastor celtíbero. Al entrar en los pórticos oyó silbidos y gritos; los grupos se arremolinaban riendo y profiriendo insultos; la gente salía á toda prisa de las tiendas de los barberos y los perfumistas. El griego vió un grupo de jóvenes lujosamente vestidos que pasaban intrépidos y con despreciativa sonrisa al través de la tempestad de silbidos y sarcasmos que levantaba su presencia.
Eran los elegantes de Sagunto; los jóvenes ricos que imitaban las modas de la aristocracia de Atenas, exageradas por la distancia y la falta de gusto. Acteón también rió con su fina sonrisa de ateniense al apreciar la torpeza con que aquellos jóvenes copiaban á sus lejanos modelos.
Al frente de ellos marchaba Lacaro, el elegante que acompañaba á Sónnica en su visita matinal al templo de Venus. Iban vestidos con telas de colores chillones y fino tejido, transparentes, hasta dejar ver el cuerpo, como las túnicas que las hetarias llevaban en los banquetes. Las mejillas, cuidadosamente depiladas, estaban cubiertas de suave bermellón y los ojos agrandados con rayas negras: los cabellos rizados y perfumados con olorosas grasas, aparecían sostenidos por una cinta. Algunos llevaban grandes aros de oro en las orejas, y al andar sonaban los ocultos brazaletes. Otros se apoyaban indolentemente en el hombro de pequeños esclavos, de blancas espaldas y cabellera de gruesos bucles, que parecían niñas por la redondez de sus formas. Como si no oyeran los insultos y sarcasmos de la gente, hablaban con tranquilidad de los versos griegos que uno de ellos había compuesto; discutían su mérito, el modo de acompañarlos mejor con la lira, y únicamente se detenían para acariciar las mejillas de sus pequeños esclavos ó para saludar á los conocidos, muy satisfechos en el fondo del escándalo que su presencia provocaba en el Foro.
—No me digáis que imitan á los griegos —vociferaba ante un corro un viejo de cara maliciosa, con el manto sucio y remendado de un pedagogo sin colocación—. El fuego de los dioses debe caer sobre la ciudad. Nuestro padre Zeus es cierto que en un momento de pasión raptó al gallardo Ganímedes; pero ¿y Leda? ¿y todas las innumerables beldades que recibieron en sus entrañas el fuego del señor del Olimpo?... Bueno se pondría el mundo si los hombres imitásemos á los dioses, y todos hiciéramos como esos necios, vistiéndonos de mujeres. ¿Queréis ver un griego? Pues aquí lo tenéis: éste sí que es un verdadero hijo de la Hélade.
Y señalaba á Acteón, que se vió rodeado por las miradas curiosas del grupo.