—Hablaré al Senado —dijo al enterarse de sus pretensiones—. Basta mi palabra para que seas admitido en los mercenarios con toda la distinción que mereces. ¿Has guerreado alguna vez?
—He hecho la guerra de Lacedemonia á las órdenes de Cleomenes.
—Famoso capitán; hasta aquí ha llegado el eco de las hazañas del rey espartano. ¿Qué es de él?
—Le abandoné cuando vencido, pero no domado, se refugió en Alejandría. Allí vivía desterrado bajo el amparo de Ptolomeo; pero según me dijeron ha poco en Cartago-Nova, por una intriga de palacio cayó en desgracia: el monarca egipcio le mandó asesinar, y Cleomenes, con sus doce compañeros, murió matando. Cuando cayó tenía ante él un montón de cadáveres.
—Digno final de un héroe... ¿Dónde aprendiste el arte militar?
—Comencé en Sicilia y Cartago en el campo de los mercenarios y terminé mi educación en el Pritaneo de Atenas. Mi padre fué Lisias, capitán al servicio de Hamílcar, asesinado después por los cartagineses en su guerra con los mercenarios que llamaron implacable.
—Famosas escuelas y excelente padre. También su nombre llegó á mis oídos en la época que yo corría el mundo, antes de tomar el servicio de Sagunto... ¡Bienvenido seas, Acteón! Si quieres entrar en los hoplites, figurarás en la primera fila de la falange, con la armadura pesada y la pica larga... Aunque no; vosotros los atenienses deseáis pelear con ligereza; sois más temibles por la carrera que por los golpes. Serás peltasta con tu venablo y un escudo ligero de los llamados pelta; pelearás suelto, y de seguro que se relatarán de tí grandes hazañas.
Pasaban junto á los dos griegos algunos ancianos, á los que el arquero saludaba con respeto.
—Son los senadores —dijo— que se reúnen hoy por ser día de mercado. Muchos de ellos vienen de sus quintas del agro y suben hasta la Acrópolis en sus literas. Se reúnen bajo aquella columnata.
Acteón vió cómo iban sentándose en sus sillas de madera de curvas garras, rematadas por la cabeza del león de Nemea. En sus rostros y trajes notábase la gran división de razas que existía en la ciudad. Los de origen ibero llegaban de sus granjas, barbudos, atezados, con coraza de lino forrada de gruesa lana, espada corta de dos filos pendiente del hombro y un sombrero de cuero endurecido que equivalía á un casco. Los comerciantes griegos presentábanse con las mejillas rasuradas, envueltos en una clámide blanca, de la que salía desnudo el brazo derecho; una cinta sujetaba sus cabellos como una corona y se apoyaban en un largo báculo rematado por una piña. Parecían los reyes de la Iliada reunidos ante Troya.