—Haces mal, ateniense: eres hombre y quieres convertirte en lobo. ¿Sabes lo que más admiro en tu pueblo? Que os burláis de Hércules y sus hazañas, y rendís culto á Palas Atenea. Despreciáis la fuerza para adorar la inteligencia y las artes de la paz.
—El brazo fuerte vale tanto como la cabeza en que Zeus puso su fuego.
—Sí; pero ese brazo empuja la cabeza á la muerte.
Acteón sentíase impacientado por las palabras de Alco.
—¿Conoces á Mopso el arquero?...
—Allí le tienes, junto al templo de Hércules. Le conocerás por su arma que no abandona nunca. Ése es otro de los que atrajo aquí el mal espíritu de la guerra.
—Salud, Alco.
—Que los dioses te protejan, ateniense.
Acteón reconoció al valeroso griego en el arco y la aljaba que colgaban de sus hombros. Era un hombre fornido, de luenga barba, que llevaba arrollado á sus guedejas grises un nervio de toro para suplir el que servía de cuerda al arco. Los brazos musculosos y fuertes delataban con la tirantez de sus tendones la forzada tensión á que se sometían para abrir el duro arco y disparar las flechas.
Acogió á Acteón con la respetuosa simpatía que por su superioridad inspiraban los atenienses á los griegos de las islas.