Acteón, volviendo su vista al cerrado recinto de la Acrópolis, contemplaba el templo de Hércules. Cerca de él, la columnata en la cual se reunía el Senado; el taller donde se acuñaba la moneda; el templo en que se custodiaba el tesoro de la República; el arsenal donde se armaban los ciudadanos; la caserna de los mercenarios, y dominando todos estos edificios, la torre de Hércules, construcción enorme y ciclópea, que de noche contestaba con sus llamaradas á las spéculas de la playa y de los montes del puerto, esparciendo la alarma ó la tranquilidad por todo el territorio saguntino. Además, una tropa de esclavos, dirigidos por un artista griego, daba los últimos retoques á un pequeño templo que Sónnica la rica había hecho elevar en la Acrópolis en honor de Minerva.
Los saguntinos que subían á la ciudadela para pasear tranquilamente contemplando su ciudad y los mercenarios que limpiaban las espadas y corazas de bronce á la puerta de su cuartel, miraban con curiosidad al griego.
Un saguntino de aspecto acomodado, envuelto en una toga roja á la romana y apoyado en un largo bastón, se aproximó á hablarle. Era un hombre de mediana edad, fuerte, con la barba y el cabello encanecidos y una expresión bondadosa en los ojos y en la sonrisa.
—Dime, griego —preguntó con dulzura—. ¿Á qué vienes aquí? ¿Eres mercader?... ¿Eres navegante? ¿Buscas para tu país la plata que nos traen los celtíberos?...
—No; soy un pobre que vaga por el mundo, y vengo á ofrecerme á la República como soldado.
El saguntino hizo un gesto de tristeza.
—Debí haberlo adivinado en el arma que te sirve de apoyo... ¡Soldados! ¡siempre soldados!... En otro tiempo no se veía en toda la ciudad una espada ni un dardo. Llegaban los extranjeros en sus naves repletas de mercancías, tomaban lo nuestro, nos daban lo suyo, y vivíamos en la paz que cantan los poetas. Ahora los que llegan, griegos ó romanos, africanos ó asiáticos, se presentan armados, son perros feroces que vienen á ofrecerse para guardar el rebaño que antes triscaba en paz sin miedo á los enemigos. Al ver todo este aparato bélico, al contemplar cómo se regocija la juventud de Sagunto relatando la última expedición contra los turdetanos, tiemblo por la ciudad, por la suerte de los míos. Ahora somos los más fuertes; ¿pero no vendrá alguien que lo sea más que nosotros y nos eche al cuello la cadena de esclavos?...
Y por encima de las murallas miraba la ciudad con amorosa tristeza.
—Extranjero —continuó—, me llaman Alco y mis amigos me apellidan el Prudente. Los ancianos del Senado atienden mis consejos; pero la juventud no los sigue. He comerciado, he corrido el mundo, tengo mujer é hijos que gozan de bienestar, y estoy convencido de que la paz es la felicidad de los pueblos y hay que sostenerla á todo trance.
—Yo soy Acteón, hijo de Atenas. Fuí navegante y naufragaron mis naves; comercié y perdí mi fortuna. Mercurio y Neptuno me trataron siempre como padres huraños y sin entrañas. He gozado mucho, he sufrido aún más, y hoy, mendigando casi, vengo aquí á vender mi sangre y mis músculos.