Los mantos de lino finísimo y de púrpura costosa se rozaban con los miembros desnudos de los esclavos ó el sagum celtíbero de lana negra, prendido de los hombros con hebillas. Los peinados á la griega con las cintas rojas cruzadas, el penacho de rizos sobre el occipucio, semejante al llamear de una antorcha y la frente pequeña como signo de suprema hermosura, confundíanse con los peinados de las mujeres celtíberas, que llevaban la frente afeitada y bruñida para hacerla más grande, y ensortijaban sus cabellos en torno de un pequeño palo colocado sobre su cabeza, formando un cuerno agudo, del que pendía el velo negro. Otras celtíberas llevaban un fuerte collar de acero, del que salían algunas varillas que se unían sobre el peinado, y de esta jaula que encerraba la cabeza colgaban el velo, mostrando con orgullo la frente enorme, brillante y luminosa como un cuarto de luna.
Acteón pasó mucho tiempo admirando el tocado de estas mujeres y su aspecto varonil y belicoso. Su fino instinto de griego adivinaba el peligro al contemplar á los bárbaros, inmóviles sobre sus corceles en medio del Foro, dominando desde su altura con una mirada de odio á aquel pueblo de comerciantes y agricultores. Eran las aves de presa que para comer y subsistir en sus áridas montañas, habían de bajar al llano como ladrones. Rodeada Sagunto de tales pueblos, algún día tendría que entrar en lucha con todos ellos.
El griego, pensando en esto, entró bajo los pórticos donde se reunían los desocupados de la ciudad ante las tiendas de los barberos, los cambistas de moneda y los vendedores de vinos y refrescos. Acteón creyó encontrarse todavía en las galerías del Ágora de Atenas. Aunque empequeñecido, era aquel el mismo mundo de su ciudad natal. Graves ciudadanos que se hacían llevar por un esclavo la silla de tijera para sentarse á la puerta de una tienda á oir noticias; noveleros que circulaban de grupo en grupo, difundiendo las más estupendas mentiras; parásitos que buscaban una invitación para comer, adulando al rico más cercano y hablando mal de todo el que pasaba; pedagogos sin colocación, disputando á gritos sobre un punto de gramática griega, y jóvenes ciudadanos murmurando de los viejos senadores y afirmando que la república necesitaba hombres más fuertes.
Se hablaba mucho de la última expedición contra los turdetanos y de la gran victoria conseguida sobre ellos. Ya no levantarían la cabeza; su rey Artabanes, fugitivo en lo más apartado de sus territorios, debía estar escarmentado por la reciente derrota. Y los jóvenes saguntinos miraban con orgullo los trofeos de lanzas, escudos y cascos, suspendidos de las pilastras de los pórticos. Eran las armas de algunos centenares de turdetanos muertos ó prisioneros en la última expedición. En las tiendas de los barberos, se ofrecían á ínfimos precios muebles y adornos robados en las aldeas enemigas por los guerreros de Sagunto. Nadie los quería. La ciudad estaba llena de tales despojos: las milicias saguntinas habían vuelto, llevando tras sí un verdadero ejército de carretas repletas y un rebaño interminable de hombres y bestias. Todos sonreían al pensar en el triunfo, con la fría ferocidad de la guerra antigua, incapaz de perdón, y en la que la mayor de las misericordias para el vencido era la esclavitud.
Cerca del templo donde se administraba justicia, se situaba el mercado de esclavos. Estaban en el suelo, formando círculo, en cuclillas, cubiertos de harapos, las manos cruzadas sobre los pies y la barba apoyada en las rodillas. Los esclavos de nacimiento aguardaban al nuevo amo con la pasividad de bestias, los miembros descarnados por el hambre y la cabeza rasurada, cubierta por un gorro blanco. Otros, vigilados de más cerca por el traficante, eran barbudos, y sobre sus sucias cabelleras, llevaban una corona de ramas para indicar su calidad de esclavos cogidos en la guerra. Eran los turdetanos que no habían ofrecido rescate: en sus ojos aún se notaba el asombro y la rabia, al verse reducidos á la esclavitud. Muchos de ellos llevaban cadenas, y en su cuerpo estaban frescas la cicatrices de la reciente guerra. Miraban á aquel pueblo enemigo contrayendo la boca como si quisieran morder, y algunos agitaban su brazo derecho terminado por un informe muñón. Les habían cortado la mano guerreando con alguna de las tribus del interior, que acostumbraban á inutilizar de este modo á los prisioneros.
Los saguntinos miraban con indiferencia estos enemigos convertidos en cosas, en bestias, por la dura ley de la conquista, y olvidando á los turdetanos hablaban de las querellas de la ciudad, de la lucha de facciones, que parecía haberse sofocado con la intervención de los legados de Roma. Aún se notaban en las gradas del inmediato templo, las huellas de la sangre de los decapitados por afecto á Cartago, y los amigos de Roma, que eran los más, hablaban fuerte, alabando el enérgico consejo de los enviados de la gran República. La ciudad viviría ahora en paz y segura con la protección de Roma.
Acteón, que escuchaba las conversaciones de los grupos, al mirar hacia el templo creyó ver entre el gentío que subía y bajaba las gradas, al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario romano. Fué una visión rápida; su sagum negro se perdió entre los grupos, y el griego quedó indeciso, no sabiendo si realmente era él.
Avanzaba la mañana. Acteón había pasado mucho tiempo en el mercado y pensó que ya era hora de ocuparse de sus asuntos. Tenía que ver á Mopso el arquero arriba en la Acrópolis, y emprendió la ascensión por calles tortuosas pavimentadas de guijarros, con blancas casas, en cuyas puertas hilaban y tejían la lana las mujeres.
El griego, al llegar junto á la Acrópolis, admiró las murallas ciclópeas de grandes peñascos amontonados con raro arte y sólidamente unidos sin trabazón alguna. Allí estaba la cuna de la ciudad; el recuerdo de los compañeros de Zazintho, al establecerse entre los rudos indígenas.
Pasó bajo una larga bóveda, y se vió en la extensa meseta del monte, rodeada de murallas que podían abrigar una población tan grande como Sagunto. En esta inmensa planicie, esparcidos sin orden, alzábanse los edificios públicos, como un recuerdo de la época en que la ciudad estaba en la cumbre y aún no había descendido, ensanchándose hacia el mar. Desde sus murallas se apreciaba la inmensidad del fértil agro, los territorios de la República, perdiéndose por el Sur á lo largo de la playa, hasta el límite de los que ocupaban los Olcades; las innumerables aldeas y quintas, agrupadas en las riberas del Bætis-Perkes, y la ciudad, como un gran abanico blanco, en la falda del monte, encerrada por las murallas, sobre las cuales parecía saltar el oprimido caserío, esparciéndose por las huertas.