—Que los dioses te protejan, extranjero —contestó Ranto—. Si algo necesitas me encontrarás en el Foro. Allí he de vender estos quesos y otros que salieron al amanecer en la carreta del hortelano.

—Salud, ateniense. Habla con mi padre, pero no digas con quién me has visto.

Acteón atravesó el río por entre las carretas que se hundían en el agua hasta los ejes, y llegó ante los muros de la ciudad, admirando su fortaleza; las bases de piedra sin labrar y sin trabazón alguna, soportando las murallas y las torres de fuerte mampostería.

En la puerta del camino de la Sierpe, que era la principal, tuvo que detenerse ante la confusión que formaban hombres, carros y caballerías en el angosto túnel. Dentro de la ciudad y casi pegado á la muralla estaba el templo de Diana, un fano conocido por su antigüedad en todo el mundo, y que daba no poca fama á los saguntinos. Acteón admiró la techumbre de tablones de enebro, venerable por su remota fabricación, y deseoso de conocer pronto la ciudad, siguió adelante.

Vióse en una calle recta, al extremo de la cual ensanchábanse los edificios, abriendo un enorme espacio rectangular, una gran plaza cuadrada, con hermosas construcciones sostenidas por arcos bajo las cuales rebullía el gentío. Era el Foro. Por encima de los tejados del fondo veíanse casas y más casas, de paredes blancas; la ciudad escalando la falda del monte, y al final las murallas de la Acrópolis, las columnatas de los templos sosteniendo los frisos, formados por enormes piedras labradas.

Acteón, siguiendo la calle que conducía al Foro, recordaba el barrio marítimo del Pireo. Aquel era el distrito de los comerciantes, habitado en su mayor parte por griegos. Al través de las ventanas de los pisos bajos, veíase el movimiento del tráfico; esclavos que apilaban fardos; jóvenes de rizada barba y nariz de ave de presa, trazando en las tablillas de cera las complicadas cuentas de sus negocios; y ante las puertas de las casas, sobre pequeñas mesas, estaban expuestas las muestras de los géneros; montones de trigo ó de lana y pesados pedruscos de las minas. Los comerciantes, de pie y apoyados en el quicio de sus puertas, hablaban con sus clientes, gesticulando y poniendo á los dioses por testigos, con plañidero acento, de que se arruinaban en los negocios.

En algunos almacenes, el dueño, con vestidura de doradas flores, alta mitra y sandalias de púrpura, escuchaba silencioso á los parroquianos, con sus ojos claros de esfinge y acariciándose los anillos de la barba perfumada. Eran los traficantes de África y Asia, cartagineses, egipcios ó fenicios, que guardaban en sus casas materias preciosas; joyeles de oro, colmillos de marfil, plumas de avestruz y pedazos de ámbar. Ante sus puertas, deteníanse las mujeres ricas cubiertas de blancos mantos, seguidas de esclavas, y al hablar, avanzaban su sonrosado hocico al interior de la tienda, embriagándose con el hálito exótico, compuesto de las especies excitantes de Asia y los misteriosos perfumes del Oriente. Por entre los fardos, pasaban majestuosos, con estridentes graznidos, pájaros raros traídos de allá, que arrastraban como un manto real sus plumajes multicolores.

Acteón, después de examinar rápidamente estas tiendas, entró en el Foro. Era día de mercado, y toda la vida de la ciudad afluía á la gran plaza. Los hortelanos extendían cerca de los pórticos sus montones de hortalizas; los pastores del agro, amontonaban los quesos en pirámide delante de las cantarillas llenas de leche; y las mujeres del puerto, tostadas y casi desnudas, pregonaban el pescado fresco, colocado sobre un lecho de hojas en cestas planas de junco. En un extremo, los pastores de la montaña, vestidos de esparto, con aspecto feroz y armados de lanzas, vigilaban las vacas y los caballos puestos á la venta. Eran celtíberos, de los que se decía con horror que algunas veces comían carne humana y parecían sentirse presos dentro de la plaza, contemplando con ojos hostiles todo aquel movimiento de colmena tan distinto de la independiente soledad que gozaban en su vida errante. La riqueza de Sagunto excitaba su apetito de salteadores y cuatreros, y oprimiendo la lanza, miraban con ojos feroces el grupo de mercenarios armados al servicio de la ciudad, que en el fondo del Foro, sobre las gradas de un templo, custodiaban al senador encargado de hacer justicia en los días de mercado.

En el centro de la plaza agitábase la multitud comprando y discutiendo, adornada de mil colores y hablando diversas lenguas. Pasaban las virtuosas ciudadanas vestidas sencillamente de blanco, seguidas de esclavos que encerraban en sacos de red las provisiones para la semana; los griegos, con larga clámide de color de azafrán, lo curioseaban todo, discutiendo largamente antes de hacer una compra insignificante; los ciudadanos saguntinos, iberos que habían perdido su primitiva rudeza á consecuencia de infinitos cruzamientos, imitaban en sus vestiduras y actitudes el aspecto de los romanos, que eran por el momento el pueblo más estimado; y confundidos con estas gentes veíanse los indígenas del interior, barbudos, atezados, de luengas y revueltas melenas, atraídos por el mercado, á pesar de la repugnancia que les inspiraba la ciudad y especialmente los griegos por sus refinamientos y riquezas.

Algunos celtíberos, jefes de las tribus más cercanas á Sagunto, permanecían en medio del Foro á caballo, sin soltar la lanza y el escudo tejido de nervios de toro; cubiertos con el yelmo de triple cresta y la coraza de cuero, como si estuvieran en terreno enemigo y temiesen una asechanza. Sus mujeres, mientras tanto, ágiles, tostadas y varoniles, iban de un puesto á otro del mercado, agitando al andar su vestidura amplia, bordada de flores de colores vivos, y se detenían con admiración infantil ante la mesa de algún griego que vendía granos de cristal y collares y baratijas de bronce, cincelados groseramente.