—¡Cómo te burlarás de mí, extranjero! Tú vienes de allá, de aquel país portentoso, del que tantas veces me habla mi padre. Habrás visto el Parthenón, la Palas Atenea, que los navegantes distinguen sobre el mar mucho antes de ver Atenas, el asombroso desfile de caballos de la methopas, los prodigios de Fidias... ¡Cómo deseo ver todo eso! Cuando llega al puerto alguna nave de Grecia, huyo de la alfarería, y paso los días en las tabernas de los marineros. Bebo con ellos, les regalo figurillas en posiciones lúbricas que les hacen reir, todo para que me cuenten lo que han visto, los templos, las estatuas, las pinturas: y sus relatos, en vez de calmarme, excitan mi deseo... ¡Ay, si Sónnica quisiera! ¡Si me dejara ir en una de sus naves cuando se hacen á la vela para Grecia!...

Después añadió con energía:

—Ésta que ves aquí, mi dulce Ranto, es la única que me sostiene. Si ella no existiese, hace tiempo que habría buscado al gubernator de una nave, vendiéndome como esclavo, si era preciso, para correr el mundo, para ver la Grecia y ser un artista como esos á los que tributáis allá los mismos honores que á los dioses.

Siguieron caminando un buen rato silenciosos los tres, tras la nubecilla de polvo que levantaban las cabras. El muchacho iba poco á poco recobrando su serenidad al lado de Ranto, que había cogido una de sus manos.

—¿Y tú á qué vienes aquí? —preguntó á Acteón.

—Vengo como vino tu padre. Soy un griego sin fortuna, y quiero ofrecer mis brazos á la república saguntina en sus guerras con los turdetanos.

—Habla con Mopso. Le encontrarás en el Foro ó arriba en la Acrópolis, cerca del templo de Hércules, donde se reúnen los magistrados. Se alegrará de verte; adora á los de su raza y saldrá fiador de tí ante la ciudad.

De nuevo se hizo el silencio. El griego veía las miradas amorosas que se cruzaban entre los dos adolescentes, el apretón cada vez más fuerte de sus manos entrelazadas, la tierna aproximación de sus cuerpos jóvenes y sanos, que se buscaban apoyándose mutuamente. Eroción, como obedeciendo á una súplica muda de su amada, había sacado del seno el caramillo de cañas agujereadas y soplaba en él dulcemente, haciendo una música tierna y pastoril, á la que contestaban las cabras con balidos.

El griego adivinó que su presencia iba pesando á la feliz pareja. Cada vez retardaban más el paso.

—Salud, hijos. Caminad sin prisa; la juventud llega á tiempo á todas partes. Ya nos veremos en la ciudad.