—Además —continuó animosamente—, también lo habla mi amigo Eroción, el hijo de Mopso el arquero que vino de Rhodas; un amigo que me ayuda á guardar las cabras cuando no trabaja en la alfarería, que también es de Sónnica.
Y señalaba los grandes talleres inmediatos al río; las famosas alfarerías saguntinas, que elevaban entre muros de arcilla las cúpulas de sus hornos, semejantes á enormes colmenas rojas.
Á un lado del camino, entre los árboles, sonaron unas notas dulces, unas escalas locas y regocijadas de caramillo, y Acteón vió saltar á la calzada un muchacho casi de la misma edad de Ranto, alto, enjuto, descalzo y sin otra vestidura que una piel de cabra que, sujeta del hombro izquierdo y dejando al descubierto el derecho, se anudaba en torno de sus riñones. Los ojos parecían brasas, y el cabello negro, de tonos azulados y formando cortos rizos, se agitaba con los nerviosos movimientos de la cabeza, como un espeso toisón. Los brazos, enjutos y fuertes, con la piel hinchada por la tensión de venas y tendones, estaban teñidos hasta el codo por el rojo de la arcilla.
Acteón, al contemplar su perfil corto y correcto de hermoso adolescente y la vivacidad nerviosa de su cuerpo, recordó á los aprendices de los escultores de Atenas; la juventud artista que en las horas de sol, antes de volver al taller, escandalizaba con sus juegos en el paseo del Cerámico á los tranquilos ciudadanos.
—Éste es Eroción —dijo Ranto, que sonreía dulcemente al ver á su amigo—. Aunque nacido en Sagunto, es griego como tú, extranjero.
El adolescente no miraba á la joven; contemplaba con respeto al desconocido.
—Eres de Atenas, ¿verdad? —dijo con admiración—. No puedes negarlo. Pareces Ulises cuando peregrinaba por el mundo al través de las aventuras que relata el padre Homero. Te he visto tal como eres en vasos y en relieves, igual en figura y traje al esposo de Penélope. Salud, hijo de Palas.
—¿Y tú, eres también esclavo de Sónnica?
—No —se apresuró á decir con altivez el muchacho—. La esclava es Ranto, y tal vez algún día no lo sea: yo soy libre, mi padre es Mopso, griego de Rhodas y primer arquero de Sagunto. Vino de allá sin más fortuna que su arco y sus flechas, y hoy es rico, después de la última expedición contra los turdetanos, y figura el primero en la milicia de la ciudad. Yo trabajo en la alfarería de Sónnica, que me quiere mucho. Ella fué quien me puso el nombre de Eroción, porque de pequeño parecía un amorcillo. No soy de los que amasan el barro, ni de los que giran el torno para dar forma á los vasos. Me llaman el artista, hago orlas de follaje, esculpo animales, sé hacer de memoria la cabeza de Diana, y nadie como yo puede grabar en el barro el gran sello de Sagunto. ¿Sabes cómo es? La nave sin velas, con tres órdenes de remos, y volando sobre ella la Victoria, con largos ropajes, depositando una corona en la proa. Soy capaz, si tú quieres, de esculpir tu figura...
Pero se detuvo como avergonzado por estas últimas palabras, y añadió con tristeza: