Le hablaba como las gentes del puerto, en aquel idioma extraño de ciudad mercantil abierta á todos los pueblos, mezcla de celtíbero, griego y latín.

—Soy de Atenas. ¿Y tú quién eres?

—Me llaman Ranto y mi señora es Sónnica la rica. ¿No has oído hablar de ella? Tiene naves en todos los puertos, esclavos á centenares y bebe en copas de oro. ¿Ves sobre aquellos olivos por la parte del mar una torrecilla de color de rosa? Pues es la quinta donde vive apenas el invierno le permite abandonar la ciudad. Yo estoy adscrita á la quinta y soy de su servidumbre durante el buen tiempo. Mi padre es el encargado de sus rebaños, y muchas veces baja ella á nuestros establos para juguetear con las cabras.

Acteón estaba asombrado de la frecuencia con que oía hablar de Sónnica desde que puso el pie en tierra saguntina. El nombre de aquella mujer opulenta, al que unos llamaban la rica y otros la cortesana, estaba en todas las bocas. La pastorcilla, que parecía sentir cierta atracción hacia el extranjero, continuó hablando.

—Ella es buena. De tarde en tarde aparece triste, dice que desfallece de fastidio en medio de sus riquezas, todo le es indiferente, y entonces es capaz de dejar que crucifiquen á todos sus esclavos sin protestar. Pero cuando está alegre es buena como una madre y nos libra del castigo. El malo es su intendente, el encargado de los esclavos; un ibero liberto que nos vigila y á cada instante amenaza con el látigo y la cruz. Á mi padre lo ha fustigado varias veces por una oveja perdida, por una cabra que se rompe las patas, por un poco de leche derramada en la quesería. Yo misma habría recibido sus golpes á no ser por el respeto que me tiene al verme acariciada algunas veces por Sónnica.

Ranto hablaba de la terrible situación de los esclavos con la naturalidad de una criatura acostumbrada desde su nacimiento á presenciar tales rigores.

—En invierno —continuó— voy con mi padre á la montaña, y aguardo con impaciencia la llegada del buen tiempo para que la señora vuelva á la villa, y bajar yo al llano, donde hay flores. Entonces puedo pasar el día entero á la sombra de los árboles rodeada de mis cabras.

—¿Y cómo has aprendido algo de griego?

—Lo habla Sónnica con los ricos de la ciudad que son sus amigos y con las esclavas que la sirven. Además...

Se detuvo unos instantes, y sus pálidas mejillas se colorearon.