Acteón adivinó por la mucha gente que llenaba el camino, que aquel día debía ser de ventas en el Foro. Marchaban en fila las campesinas con sus cestos en la cabeza cubiertos de hojas, sin más vestido que una túnica obscura que caía á lo largo de su cuerpo, marcando sus duros contornos á cada paso. Los labriegos, tostados, membrudos, llevando por todo traje un faldellín de pieles ó de burdo tejido, arreaban los bueyes de sus carretas, ó los asnos cargados de fardos, y á lo largo del camino sonaba el campanilleo continuo de los rebaños de cabras y el dulce mugido de las vacas entre nubecillas de polvo rojo que levantaban sus trotadoras pezuñas.
Algunas familias regresaban ya del mercado, mostrando con orgullo lo que habían adquirido en las tiendas del Foro á cambio de sus frutos; y los amigos deteníanse para admirar las telas nuevas, las copas de barro rojo, frescas y brillantes, los adornos de mujer de plata sólida, groseramente labrada, y acogían su vista con un ¡salve! de felicitación que hacía enrojecer de infantil orgullo á los poseedores.
Muchachas morenas, de miembros duros y enjutos y frente grande, con la cabellera estirada á la moda celtíbera, marchaban por parejas, sosteniendo en sus hombros largas perchas, de la que pendían ramos de flores para las señoras de la ciudad. Otras llevaban envueltos en hojas, para preservarlos del polvo, enormes tirsos de cerezas rojas, y en algunos momentos saltaban y gritaban entre ruidosas carcajadas, parodiando las voces y los gestos de la rica juventud de Sagunto, que con gran escándalo de la ciudad, se reunía en el jardín de Sónnica, para imitar ante la imagen de Dionisios las hermosas locuras de la Grecia.
Acteón admiraba la belleza del paisaje: los bosques de higueras que daban fama á Sagunto y comenzaban á cubrirse de hojas, formando con sus añosas ramas tiendas de verduras que tocaban el suelo; las viñas, como un oleaje de esmeralda, extendiéndose por toda la campiña y escalando los lejanos montes, hasta llegar á los bosques de pinos y carrascas; y los campos de olivos, plantados simétricamente sobre la tierra roja, formando columnatas de retorcidos fustes con capiteles de hojarasca plateada. La vista de este paisaje esplendoroso le conmovía, despertando en él los recuerdos de la niñez. Era aquel valle tan hermoso como la madre Grecia; allí se quedaría, si los dioses no volvían á empujarlo de nuevo en su desesperada peregrinación por el mundo.
Caminaba cerca de una hora, teniendo siempre frente á él la roja montaña con la ciudad en la falda, y arriba las innumerables construcciones de la Acrópolis. En una revuelta del camino, vió que la gente se detenía ante un altar: una larga ara de piedra, sobre la cual extendía sus escamosos anillos de mármol azul una enorme serpiente. Los campesinos depositaban flores y copas de barro llenas de leche ante la inmóvil bestia, que, con la cabeza erguida y abiertas las venenosas fauces, parecía amenazarles. En aquel mismo lugar había mordido la serpiente al desgraciado Zazintho, cuando regresaba á Grecia con los bueyes robados á Gerón, y en torno de su cadáver, quemado en lo alto de la Acrópolis, se creó la ciudad. La gente sencilla adoraba al reptil como uno de los fundadores de su patria, y con palabras cariñosas le rodeaba de ofrendas que luego desaparecían misteriosamente, lo que hacía creer á muchos que en las tinieblas recobraba su vida, oyéndose sus espantables silbidos desde muy lejos en las noches tempestuosas.
Acteón adivinaba su proximidad á Sagunto, viendo las tumbas que se levantaban á ambos lados del camino, con sus inscripciones llamando la atención del viandante. Detrás de éstas extendíanse jardines cerrados por espesos setos, sobre los cuales asomaban sus ramas los árboles frutales de las quintas de recreo. Algunas esclavas guardaban á los niños que jugaban y luchaban, desnudos y con un marcado tipo griego. En la puerta de un jardín un viejo obeso, envuelto en una clámide de púrpura, contemplaba el paso de la avalancha de gente miserable con la fría altivez de un comerciante enriquecido. En la terraza de una villa creyó ver Acteón un peinado á la ateniense teñido de oro, con cintas rojas entrelazadas, agitándose junto á él un abanico de plumas multicolores de pájaros de Asia. Eran las ricas quintas de los patricios de Sagunto retirados de los negocios.
Al aproximarse al río, el Bætis-Perkes, que separaba la ciudad de la campiña, el griego se fijó en que marchaba al lado de una adolescente, casi una niña, ante la cual trotaba un rebaño de cabras. Delgada, esbelta, de miembros enjutos y la piel de un color moreno y aterciopelado, parecía un muchacho, á no ser porque la corta túnica abierta en el costado izquierdo dejaba entrever el pecho ligeramente hinchado, con una suave redondez de taza, como un capullo que comenzaba á expansionarse con la savia de la juventud. Sus ojos negros, húmedos y grandes, parecían llenar toda su cara, bañándola de misterioso fulgor; y tras los labios, tostados y agrietados por el viento, brillaba una dentadura nítida, fuerte é igual. La cabellera, anudada sobre la nuca, habíala adornado con una guirnalda de amapolas cogidas entre el trigo. Llevaba en la espalda con varonil desembarazo una pesada red llena de quesos blancos, redondos como panes, frescos y rezumando aún el suero, y con la mano que le quedaba libre acariciaba los blancos vellones de una cabra de erguidos cuernos, la favorita, que se apretaba contra sus piernas, sonando la campanilla de cobre que llevaba al cuello.
Acteón se deleitaba examinando aquella figura juvenil, dura para el trabajo y en la cual la fresca juventud triunfaba de la fatiga. Su esbeltez, de líneas rectas y armoniosas, le recordaba la elegancia de las figurillas de Tanagra sobre las mesas de las hetarias de Atenas; la arrogante adolescencia de las canéforas pintadas de negro en torno de los vasos griegos.
La muchacha le miró varias veces y acabó por sonreir, enseñando su dentadura con la confianza de la juventud que se siente admirada.
—Eres griego, ¿verdad?...