—Se creen fuertes, se creen seguros porque Roma les protege. Se imaginan muerta á Cartago, porque aquel Senado de mercaderes tiene miedo á faltar á los tratados con Roma. Han degollado á los saguntinos amigos del cartaginés, á los que de antiguo fueron amigos de los Barcas, y salían á saludar á Hamílcar cuando pasaba cerca de la ciudad en sus expediciones. No saben que hay quien no duerme mientras la paz subsista... El mundo es estrecho para los dos pueblos. ¡Ó el uno ó el otro!

Y como si le causasen el efecto de un latigazo las aclamaciones de la multitud, saludando el esquife en que los legados se alejaban hacia la libúrnica, y el estruendo de trompetería que estalló en la popa de la nave, el pastor, con los dientes apretados y los ojos rojizos por la ira, extendió sus brazos nervudos hacia el buque y murmuró como una confusa amenaza:

—¡Roma!... ¡Roma!


II

La ciudad

Estaba muy elevado el sol cuando Acteón marchó hacia la ciudad por el camino llamado de la Sierpe.

Cruzábase en su marcha con las carretas de odres de aceite y ánforas de vino. Las filas de esclavos encorvados bajo el peso de los fardos y con los pies cubiertos de polvo, apartábanse al borde del camino para dejarle paso, con la sumisión y el encogimiento que inspiraba el hombre libre. El griego detúvose un momento ante los molinos de aceite, viendo girar las enormes piedras empujadas por esclavos encadenados, y siguió adelante bordeando los montes, en cuyas cimas alzábanse las spéculas, rojas torrecillas que con sus hogueras anunciaban á la Acrópolis de Sagunto la llegada de las naves ó los movimientos que se notaban en la vertiente opuesta, donde comenzaba el territorio de los hostiles turdetanos.

El inmenso agro, extendía su fertilidad bajo la lluvia de oro del sol de la mañana. De las aldeas, de las casas de campo, de todas las innumerables viviendas esparcidas en el extenso valle, afluía gente al camino de la Sierpe, marchando hacia la ciudad.

La mayoría del pueblo saguntino vivía en el campo, cultivando la tierra. La ciudad era relativamente pequeña. Sólo vivían en ella los comerciantes y los ricos agricultores, la magistratura y los extranjeros. Cuando amagaba algún peligro, cuando los turdetanos intentaban una invasión en tierra saguntina, todo el pueblo afluía á la ciudad, buscando el amparo de los muros; y los rústicos, llevando por delante sus rebaños, iban á confundirse con los artesanos de Sagunto, guareciéndose en aquel recinto que sólo visitaban los días de mercado.