Unas mujeres, saliendo del muelle de los pescadores, entregaron á los legados coronas tejidas con florecillas de los cercanos montes y lirios de las lagunas. Las aclamaciones se extendían á lo largo del muelle, ante los grupos indiferentes de los marineros de todos los países.
—¡Salud á Roma! ¡Que Neptuno os proteja! ¡Los dioses os acompañen!
Acteón oyó tras él una carcajada burlona, y al volverse vió al pastor celtíbero que en la noche anterior había muerto al legionario.
—¿Tú aquí? —le dijo el griego con asombro—. ¿Estás solo y no te alejas de los romanos que te buscan?
Los ojos imperiosos del pastor, aquellos ojos extraños que despertaban en el griego confusos é inexplicables recuerdos, le miraron con altivez.
—¡Los romanos!... Les desprecio y les odio. Iría sin miedo hasta la cubierta de su nave... Preocúpate de tus asuntos, Acteón, y no te fijes en los míos.
—¿Cómo sabes mi nombre? —exclamó el griego con creciente sorpresa, admirado además de la perfección con que el rudo pastor hablaba el griego.
—Conozco tu nombre y tu vida. Tú eres el hijo de Lisias, capitán al servicio de Cartago, y como todos los de tu raza, ruedas por el mundo sin encontrarte bien en parte alguna.
El griego, tan fuerte y seguro de sí mismo en todas ocasiones, se sentía intimidado ante aquel hombre enigmático.
Absorbido en la contemplación del cortejo que despedía á los legados, había vuelto las espaldas á Acteón. Sus ojos expresaban odio y desprecio, viendo fulgurar á la luz del sol la loba de bronce de la enseña romana, saludada con entusiasmo por los saguntinos.