Se alejó la litera rápidamente por el camino de la ciudad, al mismo tiempo que Acteón se sentía acariciado en el cuello por unas manos.
Era Bachis, más ajada y más harapienta á la luz del sol. Tenía un ojo amoratado y manchas cárdenas en los brazos.
—No pude venir —dijo con humildad de esclava—. Hasta hace poco no me han soltado. ¡Qué gentes! Apenas si me dieron para pagar á Lais... Toda la noche pensando en tí, mi dios, mientras me atormentaban echándome á la cara sus bufidos de sátiros cansados.
Acteón volvía el rostro evitando sus caricias. Percibía el olor de vino de aquella infeliz, ebria y agotada después de su aventura de la noche.
—¿Me huyes?... Lo comprendo. Te he visto hablar con Sónnica la rica, á quien sus amigos llaman la más bella de Zazintho. ¿Vas á ser su amante? Comprendo que te adore: al fin no es más que una mujer como yo... Dí, Acteón: ¿por qué no me llevas contigo? ¿por qué no me haces tu esclava?... Sólo te pido una noche como precio.
El griego repelió sus flacos brazos que intentaban envolverle, para mirar al camino, donde resonaban trompetas y se veían brillar cascos y lanzas en el centro de una gran nube de polvo.
—Son los legados de Roma que se marchan —dijo la cortesana.
Y atraída por el encanto que los hombres de guerra ejercían sobre su admiración infantil, bajó la escalinata del templo para ver de más cerca la comitiva.
Marchaban al frente los trompeteros de la nave romana, soplando en sus largos tubos de metal, con las mejillas ceñidas por anchas bandas de lana. Una escolta de ciudadanos de Sagunto rodeaba á los embajadores, haciendo caracolear sus velludos caballos celtíberos, tremolando sus lanzas y cubierta la cabeza con los cascos de triple cimera, que aún guardaban las huellas de los golpes recibidos en las últimas escaramuzas con los turdetanos. Algunos ancianos del Senado saguntino, marchaban inmóviles sobre sus grandes caballos, la blanca barba esparcida en el pecho, y descendiendo hasta los estribos, en grandes pliegues, el obscuro manto, retenido sobre la cabeza por una tiara bordada. La enseña de Roma, rematada por la loba, era sostenida por un fuerte classiari, y tras ella marchaban los legados con la rapada y redonda cabeza al descubierto; el uno obeso y con triple barba de grasa; el otro enjuto, nervudo y con nariz afilada de ave de presa; los dos con coraza de bronce cincelada, las piernas cubiertas con coturnos de metal, y sobre los arqueados muslos, la faldilla de color de heces de vino, adornada con sueltas tiras de oro, que se agitaban al menor salto de los caballos.
Al llegar al muelle la comitiva, por entre los grupos de marineros, pescadores y esclavos, cruzóse con una tropa de mujeres arrebujadas en sus mantos, que caminaban guiadas por un viejo de ojos insolentes y boca sumida, con ese aspecto repulsivo que toman los eunucos al vivir en perpetuo contacto con la mujer esclavizada. Eran las danzarinas de Gades, que al abandonar la nave de Polyantho, pasaban desapercibidas por entre el estrépito de la despedida.