—Ven hoy á mi quinta —dijo Sónnica— cuando el sol empiece á caer. Cenarás con nosotros. Pregunta á cualquiera por mi casa, y todos sabrán guiarte. Una de mis naves te ha traído á esta tierra y quiero que encuentres la hospitalidad bajo mi techo. Ateniense, hasta luego: yo también soy de allá, y viéndote parece que aún fulgura ante mis ojos la lanza de oro de Palas en lo más alto del Parthenón.
Sónnica, despidiéndose con una sonrisa del ateniense, se dirigió al templo, seguida de sus dos esclavas.
Acteón oyó lo que hablaban Lacaro y Polyantho fuera del templo. La noche anterior la habían pasado en casa de Sónnica. Al amanecer habían abandonado la mesa. Lacaro aún llevaba en su cabeza la corona del banquete con las rosas mustias y deshojadas. Al saber Sónnica que habían llegado aquellas danzarinas de Gades que aguardaba con impaciencia para ofrecerlas en sus cenas, sintió el capricho de ver á Polyantho y su nave, y quiso de paso hacer un sacrificio á Afrodita, como siempre que iba al puerto. Y en su gran litera, acompañada de Lacaro y las dos esclavas, había hecho la escapatoria, proponiéndose dormir á la vuelta, pues los más de los días permanecía en el lecho hasta bien entrada la tarde.
El piloto se alejó hacia su nave para echar á tierra la tropa de danzarinas, y Acteón se aproximó con Lacaro á la puerta del templo, completamente abierta.
El interior era sencillo y hermoso. Un gran espacio cuadrado quedaba descubierto en la techumbre para dar luz al templo, y el sol, descendiendo por esta claraboya, prestaba la glauca vaguedad del agua del mar á aquellas columnas azules, con sus capiteles que representaban conchas, delfines y amorcillos empuñando el remo. En el fondo, surgiendo de una dulce penumbra cargada de los perfumes de los sacrificios, destacábase la diosa, blanca, arrogante y soberbia en su desnudez, como al emerger por vez primera de las espumas, ante los atónitos ojos de los hombres.
Cerca de la puerta estaba el ara. Junto á ella el sacerdote, con amplio manto de lino sujeto á la cabeza con una corona de flores, tomaba las ofrendas á la diosa de manos de la misma Sónnica.
Cuando ésta salió al peristilo, abarcó con una mirada amorosa el mar, cubierto de espumas, el puerto que brillaba como un triple espejo, el verde é inmenso valle y la lejana ciudad, que tomaba un tinte de oro bajo los primeros rayos del sol.
—¡Qué hermoso!... Contempla, Acteón, nuestra ciudad. La Grecia no es más bella.
Al pie de la escalinata esperaba su litera, una verdadera casa cerrada con cortinas de púrpura y rematada en sus cuatro ángulos por penachos de hermosas plumas de avestruz. Ocho esclavos atléticos, de hinchados músculos, la sostenían.
Sónnica hizo entrar en su vivienda ambulante á las esclavas, empujó á Lacaro, al que trataba como á un ser inferior, cuya familiaridad se tolera por capricho, y volviéndose hacia el griego, de pie en lo alto del templo, le sonrió por última vez, saludándole con un signo de su mano, cubierta de sortijas hasta las uñas, y que trazaba á cada movimiento regueros de luz en el aire.