—¿Eres navegante?... ¿comercias? ¿corres el mundo dando lecciones de elocuencia y de poesía?
—Soy soldado como lo fueron todos los míos. Mi abuelo murió en Italia cubriendo con su cuerpo al gran Pirro, que le lloró como un hermano: mi padre fué capitán de mercenarios al servicio de Cartago y lo asesinaron injustamente en la guerra llamada inexorable...
Calló unos instantes, como si este recuerdo le impidiera continuar, ahogando su voz, y luego añadió:
—Yo he guerreado hasta hace poco á las órdenes de Cleomenes, el último lacedemonio. Era uno de sus compañeros, y al caer vencido el héroe, lo acompañé á Alejandría, lanzándome después á correr el mundo, por no poder sufrir la inercia del destierro. He sido también comerciante en Rhodas, pescador en el Bósforo, labrador en Egipto y poeta satírico en Atenas.
La hermosa Sónnica sonreía, aproximándose á él. Era un ateniense poseedor de todas las cualidades de aquel pueblo tan amado por ella; uno de aquellos aventureros, acostumbrados á los vaivenes de la fortuna, rondadores del mundo y cronistas muchas veces de los hechos de su vida, cuando llegaban á la vejez.
—¿Y á qué vienes aquí?
—Aquí estoy como podía hallarme en otra parte. Me ofreció tu piloto traerme á Zazintho y vine. Me ahogaba en Cartago-Nova. Podía haberme alistado en las tropas de Hanníbal; bastaba tal vez decir mi origen para ser bien recibido: los griegos se pagan caros en todos los ejércitos. Pero aquí hay guerra también y prefiero mejor ir contra los turdetanos, servir á una ciudad que no conozco, pero que no me ha hecho daño alguno.
—¿Y has dormido aquí esta noche? ¿No has encontrado cama en las hosterías?
—Lo que no encontraba era un óbolo en mi bolsa. Si cené fué por la ternura de una infeliz ramera que partió conmigo su miseria. Soy pobre y desfallecía de hambre. No me compadezcas, Sónnica, no me mires con ojos de misericordia. Yo he dado banquetes desde que anochecía hasta la salida del sol: en Rhodas, á la hora de las canciones, arrojábamos por las ventanas los platos de metal á los esclavos. La vida del hombre debe ser así: como los héroes de Homero, rey en una parte y mendigo en la otra.
Polyantho miraba con interés á aquel aventurero, y el elegante Lacaro, que al principio se oponía á que su amiga Sónnica despertase á un griego tan mal vestido, aproximábase á él, reconociendo la elegancia ateniense bajo su exterior mísero, y proponiéndose hacerle su amigo para tomar provechosas lecciones.