—¡Á él! ¡á él! —clamaron los romanos persiguiéndole.
Y atraídos por el placer brutal de la caza al hombre, les siguieron todos los que en la hostería podían valerse aún de sus piernas. El tropel de hombres enardecidos por la vista de la sangre, saltó por encima del romano agonizante y de los borrachos inertes que roncaban junto al degollado. El griego les vió salir y fraccionarse en diversos grupos que siguieron distinta dirección para coger al celtíbero. Éste había desaparecido á los pocos pasos de la hostería como disuelto en la sombra.
El puerto se conmovió con el ardor de la persecución. Corrían luces por los muelles y por las callejuelas de la aldea; los lupanares y tabernas eran sometidos á un registro brutal por los romanos ebrios de cólera; originábanse nuevas disputas á la puerta de cada choza, iba á correr otra vez la sangre; y el griego, temiendo verse envuelto en una reyerta, volvió prontamente á la escalinata del templo. Bachis no había regresado, y el griego, subiendo los azules peldaños, fué á tenderse en el atrio del templo, ancha terraza pavimentada de mármol azul, sobre la cual las estriadas columnas que sostenían el frontón, trazaban sus oblicuas barras de sombra.
Al despertar Acteón sintió en su rostro el calor del sol. Los pájaros cantaban en los vecinos olivares, y junto á él sonaban voces. Al incorporarse vió que comenzaba la mañana, cuando él solo creía transcurridos algunos instantes desde que concilió el sueño.
Una mujer, una patricia estaba á corta distancia de él y le sonreía. Iba envuelta en una amplia tela de lino blanco, que descendía hasta sus pies en armoniosos pliegues, como el ropaje de las estatuas. De su rubia cabellera sólo se veían algunos bucles caídos sobre la frente. Mostraba la boca pintada de rojo; y los ojos negros, aterciopelados, con una caricia sedosa en la mirada, aparecían rodeados de una aureola azul por las fatigas de la noche. Al mover los brazos bajo el manto sonaban con argentino choque ocultas joyas, y la punta de la sandalia, asomando por el borde de su ropaje, brillaba como un astro de pedrería.
Detrás de ella dos esbeltas esclavas celtíberas, con el moreno y opulento pecho casi desnudo, y envueltas las piernas en telas multicolores, sostenían, la una, una pareja de palomas blancas, y la otra, sobre su cabeza, una canastilla cubierta de rosas.
Junto á la hermosa patricia, Acteón reconoció á Polyantho, el piloto saguntino, y al joven perfumado y elegante que estaba en el muelle con otro jinete á la llegada de la nave.
El griego púsose en pie, sorprendido por la hermosa aparición que le sonreía.
—Ateniense —díjole en griego con purísimo acento—. Yo soy Sónnica, la dueña de la nave que te ha traído aquí. Polyantho es mi liberto y ha hecho bien recogiéndote, pues conoce el interés que me inspira tu pueblo. ¿Quién eres tú?
—Yo soy Acteón y pido á los dioses que te colmen de favores por tu bondad. Que Venus guarde tu belleza mientras vivas.