Y reía con la insolencia del fuerte, sin miedo á la cólera del viejo cartaginés, que tartamudeaba queriendo contestar.

El celtíbero, hasta entonces silencioso, puso su mano sobre el viejo.

—Cállate, cartaginés. El romano tiene razón. Sois mercachifles incapaces de mediros con ellos en la guerra. Amáis demasiado el dinero para dominar por la espada. Pero los de tu casta, no sois todo Cartago: otros hay nacidos allá que sabrán hacer frente á esos labriegos de Italia.

El romano, al ver intervenir al rústico en su disputa, mostróse aún más altivo é insolente.

—¿Y quién ha de ser ese? —gritó con desprecio—. ¿El hijo de Hamílcar? ¿Ese rapazuelo que según cuentan tuvo por madre una esclava?

—De una prostituta fueron hijos los que fundaron tu ciudad, romano; y no está lejos el día en que el caballo de Cartago vaya á dar de coces á la loba de Rómulo.

El legionario se levantó trémulo de rabia, buscando su espada, pero inmediatamente dió un rugido feroz y cayó, llevándose las manos á la garganta.

Acteón había visto cómo el celtíbero introducía su diestra en la manga del sagum, y sacando un cuchillo, hería al legionario en aquel ancho cuello que contemplaba con fiera atención, mientras se burlaba de Cartago.

La hostería tembló con el estrépito de la lucha. El otro romano, al ver caído á su compañero, se abalanzó al celtíbero con la espada en alto, pero al momento recibió una cuchillada en el rostro y se sintió cegado por la sangre.

Era asombrosa la agilidad de aquel hombre. Sus movimientos tenían la elasticidad de la pantera: los golpes parecían rebotar sobre su cuerpo sin causarle daño. Cayó en torno de él una lluvia de jarros, de pedazos de ánfora, de espadas lanzadas al aire; pero él, con el brazo tendido y el cuchillo de punta, dió un salto hacia la puerta y desapareció.