Otra vez vino á detenerse ante aquella hostería, en cuya puerta había sentido el tormento del hambre. Los marineros estaban en plena orgía. El hostelero apenas si podía hacerse respetar detrás del mostrador. Los esclavos, atemorizados por los golpes, se habían refugiado en la cocina. En el suelo, algunas ánforas rotas, dejaban escapar el vino como arroyos de sangre, y entre el glu-glu del líquido al empapar la tierra, revolcábanse los ebrios pidiendo á gritos bebidas de las que habían oído hablar vagamente en sus lejanos viajes, ó platos fantásticos ideados por los tiranuelos de Asia. Un egipcio hercúleo corría á cuatro pies imitando el rugido del chacal y mordiendo á las mujeres que habían entrado en la taberna. Algunos negros danzaban con movimientos femeniles, contemplando como hipnotizados los remolinos de su ombligo agitado por las contorsiones del vientre. En los rincones, sobre los poyos, caían revueltos hombres y mujeres bajo la cruda luz de las antorchas; el vaho de la carne desnuda y sudorosa mezclábase con el olor del vino; y en esta atmósfera de viandas y de hedor de fiera, algunos marineros, olvidando todo pudor, repelían con desprecio á las cortesanas para acariciarse entre sí, con la aberración sexual propia de la época.

En medio de este desorden, unos cuantos hombres permanecían inmóviles cerca del mostrador, disputando con aparente calma. Eran dos soldados romanos, un viejo marinero cartaginés y un celtíbero. La torpe lentitud de sus palabras, que tomaban con la cólera un tono aflautado, sus ojos rojizos inflamados de sangre y sus narices de aves de presa, cada vez más afiladas, revelaban esa terrible embriaguez, testaruda y camorrista, que se resuelve matando.

El romano recordaba su presencia en el combate de las islas Egatas, catorce años antes.

—Os conozco —decía con insolencia al cartaginés—. Sois una república de mercaderes nacidos para el embuste y la mala fe. Si se busca quién sabe vender más caro engañando al comprador, convengo en que sois los primeros; pero si se habla de soldados, de hombres, nosotros somos los mejores, los hijos de Roma, que con una mano empuñamos el arado y con la otra la lanza.

Y erguía con orgullo su redonda cabeza con el pelo rapado y las mejillas rasuradas, en las cuales las carrilleras del casco habían marcado duras callosidades.

Acteón miraba por una ventana al celtíbero, el único del grupo que permanecía silencioso, pero que tenía fijos sus ojos de brasa más arriba del coselete de bronce del legionario romano, en su desnudo cuello, como si le atrajeran las gruesas venas que se marcaban bajo la piel. Indudablemente aquellos ojos los había visto el griego en otro sitio; eran como esos antiguos conocidos cuyo nombre no se puede recordar. Había algo de falso en su persona, que el griego presentía con su fina astucia.

—Juraría por Mercurio que ese hombre no es tal como le veo. Algo más que un pastor parece, y el color bronceado de su cara no es el de los celtíberos por mucho que los tueste el sol. Tal vez es postiza esa larga cabellera que cae sobre su espalda...

No pudo continuar examinando á aquel hombre, porque absorbió toda su atención la disputa entre el legionario y el viejo cartaginés, los cuales se aproximaban cada vez más para oirse mejor, en medio del estrépito que reinaba en la hostería.

—Yo también estuve en la jornada triste de las Egatas —decía el cartaginés—. Allí recibí esta herida que me cruza el rostro. Es verdad que nos vencisteis; ¿pero qué demuestra esto? Muchas veces ví yo huir vuestras naves ante las nuestras, y en más de una ocasión conté en los campos de Sicilia los cadáveres romanos á centenares. ¡Ah, si Hanón no hubiese llegado tarde el día del combate en las islas! ¡Si Hamílcar hubiera tenido refuerzos!

—¡Hamílcar! —exclamó desdeñosamente el romano—. ¡Un gran caudillo que tuvo que pedirnos la paz! ¡Un comerciante metido á conquistador!...